“Todos los días le pido al Señor que ninguno de mis nietos esté ausente en la gran cita de los elegidos en el cielo. Cualquiera sea la desdicha que pudiera ocurrirles, nada podría ser comparado al hecho de que uno de ustedes no pertenezca al Señor Jesús.

¡Sería horroroso si uno de ustedes fuera dejado porque no posee la salvación de Dios ofrece gratuitamente! ¡Qué desesperación no ser arrebatado por el Señor Jesús el día que él venga a buscar a los creyentes para llevarlos al cielo! No hay nada más trágico que conocer  la verdad y permanecer indiferente. ¡Es tan fácil acudir a Jesús, confesarle los pecados, reconocerse perdido y creer en él para poseer la vida eterna y tener la paz con Dios!

Suplico, pues, a los que aún no se han convertido: Acudan a Jesús sin tardar y recíbanle como su Salvador. No escuchen la voz que les invita a perderse en los caminos del mundo. La puerta de la gracia pronto será definitivamente cerrada. Entonces nadie podrá entrar, y los que permanezcan fuera sólo tendrán ante ellos un porvenir de desdicha durante toda la eternidad.

Os doy cita a todos en la gloriosa casa de nuestro Padre, donde Jesús preparó lugar para todos los que confían en él. Allí estaremos para siempre con él (Jn 14, 3)”.

Su abuelo

“Y las que estaban preparadas entraron con él (con Cristo) a las bodas; y se cerró la puerta” (Mt 25, 10).

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