manos de una abuela

La memoria de nuestros abuelos

La vida en ocasiones que te da la posibilidad de conocer a personas que te marcarán para siempre. Yo tuve la inmensa suerte de tenerte a ti, para descubrir que la vida la puedes moldear a tu medida y extraer lo más bello de lo más pequeño.

Tu cuerpo nunca acompañó a esa mente libre, fue tu cárcel pero no te aprisionó, supiste volar por encima de él, disfrutando lo que la vida te ponía cerca: “Mis ojos quieren cerrarse pero yo no quiero que se cierren” era tu rebeldía, tu manera de gritar, ¡no, aún no!.

Recuerdo que hablar contigo era como abrir un libro lleno de historia, historia de guerras, post-guerras, de hambre, de supervivencia y costumbres extrañas. Mi hija y yo tenemos un juego que consiste en hablar como lo hacían “antaño”, surgió porque un día le conté cómo mi abuela me proponía que me acercarse al chico que me gustaba y del que percibía cierto interés. Según ella debía decirle algo así como: “Disculpe caballero, he notado que usted me estaba observando”, la corrección en las formas era ley.

En una conversación familiar con el abuelo de mi marido surgió algo similar, el abuelo era un hombre galán con las mujeres, mientras oía a su nieto quejarse de que hoy en día era muy difícil “ligar” el abuelo le dio su receta infalible “Si te gusta una chica lo que tienes que hacer es seguirla al trabajo y cuando salga le preguntas muy educadamente si te permite acompañarla”… “¡¡¡Pero abuelo va a pensar que soy un acosador!!” como cambian las sociedades…

Mi abuelo estuvo inmerso en una guerra a la fuerza defendiendo ideales que ni entendía ni compartia, así nos contaba que cuando tenía que disparar apuntaba a los árboles… “quizás al otro lado estaba mi hermano” mientras sus ojos se perdían en el abismo del recuerdo…

Te recuerdo leyendo el periódico al ritmo de mi hija de siete años, y recuerdo tu cara de incredulidad al llegar a la sección de contactos “Mujer de pechos grandes…” cómo cambia el mundo…

Nuestros abuelos nos hablaban de un respeto incondicional a sus mayores a los que trababan de usted y por los que sentían una mezcla de cariño y miedo. Nos hablaran de pueblos cuya mayor diversión era las fiestas anuales en honor al patrón. Nos hablaran de hambre, pobreza, exilio, guerras… “ya está el abuelo con sus batallitas” decíamos. Pues en mi añoranza de ti añoro tus historias, tu risa, tu fortaleza, tu ejemplo…

Cuando ya no estabas encontré tu letra en un papel, en el que a la pregunta qué es lo que más te importa, tu respuesta fue: “Sentirme útil para los demás”, qué pena no haberte podido contestar que tras más de quince años sin ti sigo teniendo un hueco en mi corazón lleno del amor que me dabas y que cuando me encuentro angustiada cierro los ojos y vuelvo a la calidez de tu hogar, a la placidez de tus palabras y al refugio de tus brazos.

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