Las mejores ideas se dan con el hastío

En su ensayo Andar, una filosofía, Frédéric Gros cuenta cómo Rousseau declaraba sentir hastío ante la visión de la mesa de trabajo de su gabinete, y para combatirlo daba largos paseos, durante los cuales acudían a su mente la inspiración y las mejores ideas que luego plasmaría en su obra. Kant, por su parte, jamás renunció a su paseo de las cinco de la tarde. Curiosamente, una rutina inviolable y sistemática presidió gran parte de la vida de este carismático filósofo.

¿Desde cuádo nos aburrimos? Orígenes Parte I

Dicho ritual repetido diariamente fue concebido, según el ensayista Gros, precisamente como “un remedio para el aburrimiento. El aburrimiento es la inmovilidad del cuerpo enfrentado al vacío del pensamiento. La repetición de la marcha mata el aburrimiento, porque este ya no puede alimentarse del cansancio del cuerpo y buscar en su inercia el tenue vértigo de una espiral sin fin”.

Lo que nos lleva a la siguiente cuestión: ¿hay gente aburrida y gente entretenida? Antes de escribir su ensayo Filosofía del tedio, Lars Svendsen, profesor de la Universidad de Bergen, en Noruega, hizo una encuesta –desprovista de valor científico, según él mismo aclara– entre sus amigos, conocidos y colegas para preguntarles por su relación con el aburrimiento: la mayoría contestó “que eran incapaces de determinar si se aburrían o no”.

Las respuestas categóricas fueron raras, y solo uno de los encuestados respondió categóricamente que jamás se aburría. “De hecho –escribía Svendsen–, aquellos que, en mi pequeña encuesta, aseguraban que eran víctimas de un tedio profundo no fueron capaces, por lo general, de argumentar por qué; no podía decirse que fuese esto o aquello lo que los atormentaba, sino simplemente un tedio sin nombre, sin forma, sin objeto”.

El profesor no da demasiado crédito a esa afirmación que sueltan algunos felices mortales: “Yo no me aburro nunca”. Todos, afirma, nos aburrimos en algún momento de nuestra vida, pero, al ser una sensación tan personal, es difícil clasificar a los aburridos por grupos y, si bien Svendsen cita estudios científicos que parecen indicar que las mujeres se aburren más que los hombres, aclara que no conoce “ninguna explicación satisfactoria de por qué esto habría de ser así”. Hay algunos rasgos que sí definen a quienes menos se aburren, como pueden ser la hiperactividad y la curiosidad, pero conviene matizar algo obvio: una persona que no tenga un minuto libre en todo el día difícilmente se podrá sentir aburrido.

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Trabajo y aburrimiento

Aunque, señala Svendsen, “cuando esas personas someten a reconsideración ese tiempo de actividad febril, es común que este se les antoje de un vacío terrible”. Trabajo y aburrimiento tampoco son sinónimos: hay personas que se entretienen e incluso disfrutan en su actividad laboral, y otras que se aburren en su tiempo libre. No se trata de que nuestro tiempo esté más o menos ocupado, sino más bien de que sea aprovechado.

El aburrimiento es, para mucha gente, una encrucijada en la que se presentan dos alternativas: salir o hundirse en él todavía más. La clave para optar por un camino u otro estaría situada en el cerebro, y concretamente en cómo le afectan las maniobras para ahuyentar el tedio.

El neurólogo Irving Biederman, de la Universidad del Sur de California, en Los Ángeles, ha señalado como primer responsable a los opioides, los analgésicos naturales que produce nuestro cerebro y que poseen poderosos efectos estimulantes y euforizantes. Estos actuarían en nuestra mente de un modo similar al originado por ciertos tipos de droga: una nueva experiencia, una actividad que nos absorbe, causa un subidón que nos estimula y, al mismo tiempo, nos provoca para seguir abasteciéndonos con esas sensaciones.

Cuando se consigue eso, el círculo vicioso se da la vuelta y, en lugar de dejarse atrapar por una desgana que paraliza cualquier iniciativa, se buscan nuevos estímulos para no dejar de sentirse activo. Sin embargo, al mismo tiempo, como ocurre con las drogas, las sucesivas dosis no tienen el mismo efecto que la inicial. Por ello, la clave para alcanzar y mantener este estado de estimulación tiene que ver tanto con la actividad cerebral como con la variedad.

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