Meditación Afortunada

Recuerdo lo maravillado que me sentía en las mañanas al observar desde la ventana del salón de clase, la intensidad, los cambios de matices y contrastes de color, que en la montaña se producían cíclicamente por efectos de la luminosidad del sol y la sombra de las nubes.

Desviar mi atención sobre este hecho era el recurso de mi mente, para escapar del horrendo suplicio que significaba aquél, el de permanecer allí, confinado en ese apático y eterno lugar, escuchando sin oír, como se hace con el ronroneo del felino, el sartal de incongruencias insulsas, expuestas, una tras otra, por el lunático con piel de educador, que me acompañó en mi formación y aprendizaje opresor.

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