La máscara irreal y el caos

Muchos de nosotros hemos sido educados para ser niños buenos, dejar que los demás elijan nuestros Sí o nuestros No y esforzarnos para agradar y complacer, aunque para eso tengamos que sumirnos en las sombras y dejar que sean los demás los que brillen a nuestras costas. Ser buenos por mandato, es la máscara que jocosamente podríamos llamar la del idiota ideal. Por supuesto esto no es amor y menos espiritualidad, no es más que caos y sacrificio y lastima dolorosamente. Si se pretende ser lo que un universo enloquecido desea de ti, ya puedes tomar un curso avanzado de autenticidad y coherencia cuando vuelvas a nacer.

La forma como nos relacionamos con el resto de la gente, es fiel reflejo de cómo nos llevamos con nosotros mismos. Así como tratamos a las otras personas, así me trato a mí mismo. Luego, para poder sentirme bien con los demás, primero se trata de sentirme bien conmigo mismo, aceptarme ponerme atención, tal como soy. No se trata de pelear por qué me quieran, sino de quererme. No de que nos respeten; respetarnos, ni se trata de que nos cuiden, cuidarnos. Reconocernos y oírnos.

valores

Nosotros primero, es así como es

Incluso, no se trata de la pretensión de que los demás cambien se trata de que cambiemos nosotros, ser auténticos en cada momento de la vida. Sin caretas ni imágenes. Es entrenar el corazón a comprender, y nuestros ojos a ver más allá de las apariencias. Tomando habida cuenta que, cada quien es libre de escribir su propia historia, de quedarse e irse.

oculta

Las relaciones reflectantes, son la oportunidad de ver reflejado lo que a veces no podemos ver de nuestras sombras, lo que se oculta en lo más hondo, lo que lastima e incomoda, escapando de enfrentar la realidad. Los lazos de amor real no nacen de ideales, es entre seres humanos dispuestos aceptarse y perdonar y limar las diferencias. Las diferencias son posibles de complementarse o reconciliarse, no se presentan con el fin de separar, sino para construir la idea de que la unión también funciona en la diversidad.

Esta cuestión es perfectamente aplicable no solo en el amor de pareja, funciona también en las relaciones que establecemos en nuestra vida, familiares, comerciales, amistades, proyectos. Cuando llegamos a este mundo, de seguro que no vinimos a cumplirle sus expectativas a nadie. Nadie es dueño de la infelicidad o felicidad de nadie. Pero, si es posible dar lo mejor de nosotros y practicar la honestidad con buena voluntad. Entonces, es válido recibir lo mismo que nos esforzamos en dar. Por lo menos.

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