La mariposa, así le conocían en cierto medio, era una mujer que aprendía los secretos de escribir, a la manera que lo hacen las mujeres, al lado de los hombres a quienes aman.

Era un escritor, quien la llamó mariposa, así la nombró, así la presentó, así la reconoció.

El se enamoró de ella, de algo en sus letras, quizás los colores marrón que evocaban las imágenes que ella escribía, aunque según decía él, era la luz, el hálito que la envolvía lo que le atrapaba de una manera intensa; pero tal vez eran más bien, los códigos que ella diseñó con los que le escribía a otro hombre, lo que a éste enamoró, quizás deseando eso para él.

La mariposa empezó escribiendo algunos versos simples, que luego convirtió en pequeños cuentos, luego en secuencias, luego en ficciones, luego en el mundo de sus personajes que evocaban a los de su vida propia e íntima, y luego se convirtió simplemente en su manera de hablar.

La mariposa se instaló al lado de un hombre, otro escritor que conocía, que le intrigaba y que la quería sin muchas evidencias; él era parco y amoroso, frío y caliente, presente y ausente, sutil y corriente. Algo mayor, lo que se le notaba en esas mañas que empiezan a ejercer los hombres cuando se asoman a ciertas edades.

Esto a LA MARIPOSA no le importaba mucho, de hecho siempre amó a hombres mayores que ella. Aunque a éste, en ese momento, ella no lo amaba, más bien lo admiraba, más bien le gustaba estar a su lado, más bien la seducía esas formas discretas que usaba para sentarse, para sonreír y para corregir y le tranquilizaba algo del calor que él emitía... quien sabe, quizás, eso era amarlo.

El era un escritor reconocido en el bajo mundo, en el mundo de los malos, de los anónimos y de los transeúntes inmersos en un mundo de silencio. El había publicado algunas cosas de diferentes estilos, pero lo que prefería era los usos de las palabras, sumergirse en las maravillas del lenguaje que le permitían los poemas.

La mariposa, sin mucho aspaviento, se instaló al lado de él para intentar escribir, o más bien, o mejor, o quizás, para aprender a escribirse, a contarse, a reconocerse, a hablarse a ella misma e intentar encontrar las sendas del después.

El con el rigor que le daba su larga formación y vocación como profesor de todo, evaluaba, corregía y sugería acerca de los escritos de la mariposa, sin mucha referencia a los contenidos de los textos que ella le presentaba.

Ella algún día escribió que lo quería, encriptado en la historia de un náufrago; otra vez escribió que sabía que él la quería, a través de la historia de un personaje descrito en un texto a manera de carta del pasado.

El, ni ella tampoco, se referían a la conversación escrita, que ella le proponía a través de los textos; en otra ocasión escribió sobre un hombre mayor que le llamaba la atención, otro día sobre un hombre que la cautivaba con sus poemas, otro día sobre la ternura y profunda conmoción que le causaba cierto personaje que se maravillaba con los vericuetos y enrramadas del lenguaje, con reflexiones y conclusiones que le quebraban a ella el alma, más que si le dedicara mil canciones, millones de serenatas, o alguno que otro soneto.

Otras veces escribió sobre la cotidianidad al lado de él, sobre lo que ella quería también, sobre un lugar para vivir juntos, y también sobre lo que no le gustaba de él, a través de las historias de una mujer que vivía en una cabaña; poco a poco expresó todo lo que se expresa en un romance, avanzó inspirada y conmovida por ciertas cosas que él hacía o decía cada día.

El corregía, evaluaba, y sugería cambios de palabras, acentos, comas, puntos, frases; mochaba y añadía partes a los textos como si se tratara de los pulimientos al procedimiento de una cirugía a corazón abierto, sin referirse al corazón de la mariposa, ni mucho menos al de él mismo, descrito y leído en las letras que le presentaba ella, como su manera de hablarle y tocarle; letras que él revisaba bajo el estetoscopio lingüístico de su costumbre. El a pesar de ser ESCRITOR, no le escribía a la mariposa, solo leía.

Aún así, era evidente que no le eran indiferentes los escritos, y que a través del mágico mundo de las letras, de la escritura, de la lectura, del silencio, la constancia, la cercanía y el sentir, construían algo de una manera no convencional, pero tan cierta como lo puede ser cualquier otra manera del amor.

Poco a poco, no podría decirse si LA MARIPOSA mejoraba o empeoraba en su manera de escribir; no se sabía si las lecciones de vanguardia dadas por el profesor daban frutos dignos de su alcurnia, o más bien, podaban toda posibilidad escritural de la aprendiz, no se sabía si la mariposa entendía lo que necesitaba entender, para avanzar en sus experimentos literarios o solo eran brochazos sin forma ni futuro.

Lo que sí se sabía es que con sus escritos, la mariposa le hablaba al escritor, él nunca se refería a las posibles coincidencias de los relatos con él mismo, ni preguntaba si eran para él, ni correspondía con textos que le hiciera saber a la mariposa lo que a él sentía.

Un día él leyó en el escrito de LA MARIPOSA, que una mujer le decía a un caminante en medio de una trocha antigua frente a una cascada ¿por qué no te callas y me besas? …esa mañana mientras leía, evaluaba, corregía y sugería, buscaba la manera de siquiera rozar la mano de la mariposa, paralizado por la incertidumbre se detuvo, no supo cómo tocarla.

Luego mientras tomaban el café, la miraba tratando de provocar que ella fuese quien se acercara, pero ella hizo lo rutinario de las mañanas de corrección, y evaluación, antes de entrar en las sugerencias. El derrotado por la madurez del miedo, solo leía.

Días después, cuando el tiempo y el silencio habían conspirado a favor del querer, ella ya lo quería, lo deseaba no solo para que la rozara, lo veía a su lado en medio de la vida como el hombre de un otoño no escrito; ese día, la mariposa llevó un pequeño poema, en el que por primera vez, le dijo que lo amaba.

Por primera vez lo dijo, lo escribió, lo reconoció.

El leyó en pausa, en quietud, hizo algunas correcciones, mientras ella le escuchaba, y miraba su manera de hablar gentil, de susurrar las palabras antes de decirlas en voz alta, como para asegurar con el otro invisible, lo que trataba de decir; lo miraba cuando con una delicadeza aprendida de ella, le sugería usar otras palabras en vez de las que ella había escrito.

La mariposa lo miraba, hallando en él los signos del hombre que ella ahora amaba, tranquila, sin dudas, sin afanes. Nunca habían hablado del tema, nunca antes ella, por obvio que pareciera, había escrito que por un momento lo amó, ni como un momento es todo en el amor, ni como basta un momento para saber que se ama realmente.

Ella preguntó,

- ¿Cómo te parece este TEXTO?

- Bien, está bien, dijo él, menguado en expresión, sin sustantivos, ni adjetivos, ni conjugaciones, ni más declaraciones

- ¿Qué quieres decir con bien?

- Es poético, está bien.

- ¿Sabes que hay una parte en él que es para tí?

- Sí, siempre lo he sabido. Y por eso sigo leyendo.... Y... ¿tú sabes, que todo de mí es para tí cuando te leo?

la mariposa y el escritor

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