MARINA Y EL BAILE

Mientras la luna brillaba en el punto más alto del cielo, Marina movía su cuerpo al ritmo de la música. Estando en la intimidad de su habitación, no había ser humano que pudiera interrumpir ese hermoso momento lleno de armonía. De día, Marina trabajaba como camarera en un elegante restaurante ubicado en el centro de la ciudad. Honestamente, no era demasiado malo su trabajo, pero tampoco era algo que a ella le gustaría pasarse toda la vida haciéndolo. Desgraciadamente, Marina no podía darse el lujo de dejarlo, ya que para una estudiante como ella, de origen humilde y sin la posibilidad de dedicarle el día entero a una sola cosa, las opciones de empleo bien remuneradas no eran precisamente abundantes.

Marina y su espacio...

Sin embargo, después de pasar todo el día de pie, con una sonrisa impostada sobre su rostro, únicamente había una cosa capaz de hacerla sentir mejor. A otras chicas de su misma edad, lo que les funcionaba cuando se sentían decaídas, era salir de fiesta con amigos o simplemente pasar una tarde viendo películas en casa. Pero ya que la agenda tan apretada de Marina le impedía poder hacer esas cosas, su único remanso de paz lo encontraba en la privacidad de su habitación.

Allí, estando lejos de las miradas inquisitivas de las demás personas, ella era libre para expresarse libremente. Marina simplemente encendía la radio y movía su cuerpo al ritmo de la primera canción que se le presentara. Ciertamente, a algunas personas les podría parecer una manera extraña de relajarse, ¿y qué? Por unos minutos, Marina era libre para soñar. Por lo menos en su mente, ella dejaba de ser una camarera y se transformaba, casi mágicamente, en la reina del baile. Estando en su zona de confort, ya nadie podía burlarse de ella, y mucho menos, tratar de destrozarla.

Marina y el baile

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