MARGARITA tenía no dos maridos propiamente, tenía solo uno; pero hacía algunos meses su corazón se había dividido; tampoco propiamente entre dos amores, sino simplemente se había dividido, creía que tal vez la entenderían todos aquellos que sentían una división interna entre no se sabe muy bien qué y qué, solo se sabe que se está dividido.

Margarita amaba a su marido, más que a cualquier persona que hubiese conocido en su mundo; no lo amaba porque él fuera un hombre para amar;  él no la atrapó por sus maravillosas virtudes, sino por su decisión para dejar su mundo por ella.

Margarita siempre había creído, y no era solo de creer sino que saltaba a la vista de todos, que cuánto defecto salía en el libro de palabras nuevas que publicaban en su pueblo cada año; a cada una de esas definiciones su marido se acomodaba, y a cuánta palabra nueva que refiriera una virtud, descubierta en el mundo de las palabras, donde todo nace, su marido irremediablemente no correspondía a ninguna de esas descripciones.

Margarita lo amaba, porque desde el momento en que se conocieron, él nunca titubeó para hacer una vida juntos, nunca titubeó siquiera; además tenía la característica de acolitarle cuánta idea se le ocurriría a Margarita, porque él la creía alguién mejor de lo que él era.

Con algunas dificultades pasaron los años, amándose con imperfecciones que les hacía sentir que algo faltaba, pero lidiaban con eso llenándose con otras; ellos sabían que se amaban infinitamente.

Una tarde conoció MARGARITA en la tienda de la esquina, mientras compraba el pan, al que ella por primera vez, después de varias decadas de casada, permitió que le llenara el corazón, y la posibilidad de que a éste también había podido amar, posibilidad que ella creía resuelta.

Nunca antes le había pasado esto a Margarita, era como si el mundo se hubiera detenido y ahora se le presentara divido. Este personaje sería pasajero en la vida de Margarita, por que más pronto que tarde, descubriría que era fácil encontrar a alguién con virtudes que le hagan amarle, pero no con la decisión de amar él también; por eso el embelezo, le duró poco, y se fue extinguiendo.

Pero algo pasó en Margarita, además de una profunda decepción, de no entender el interés y desinterés de alguién, y verlo similar a los valores bancarios;  había quedado en ella una división interna extraña.

MARGARITA vivió un romance de una semana, su MARIDO no lo supo, pero algo sospechó. Durante esa semana se sintió tan desleal, tan impura cada vez que se cruzaba con el sacerdote del pueblo que la había casado, tan sola y extraña, que se refugió aún más en este personaje, creyendo que él mismo la sanaría.

Su amor, al final de este encuentro, permaneció intacto por su marido, esta permanencia le enseñaría, de qué se trata el verdadero amor, también aprendería, lo riesgoso de confiarle el corazón a cualquiera, se puede uno topar con cualquier indolente con dificultades para entender;  por ello suspiró, volvió a sonreir con lo que era su rutina de siempre, y pensó convencida: más vale malo conocido, que bueno por conocer.

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