Anoche me propuse un cambio. Deseaba salir muy temprano, a oscuras, pero tuve consideración y, a medias, la enteré. En lugar de permanecer frustrado un par de horas en una incómoda cama, hasta desperezarme, le hablé un poco y me marché en ayunas tras uno de sus descuidos y caminé sin ánimos de volver.

Llegué a la costa. A la distancia veo el trabajo de los pescadores artesanales y me estoy sentando a 50 Cms del lugar donde serpentea el agua. Hace menos de una hora desde que salí de la habitación que Mónica comparte conmigo. Me siento solo cada vez que me molesta en su empeño por controlarme el tiempo. No argumenta con razones su recurrente molestia y no discuto la desventajosa situación en la que me siento humillado como un niño al que se le impone lo que debe hacer. ¡Me colmó! Sólo deseo reunir el dinero para volverme a mi propia casa. Este inconveniente lo he padecido con ella varias veces y, para nada coarto las cosas que libremente pueda hacer: ¡No me pertenece!

He observado nuevas cosas hoy. Esos hombres tienden su red como un manto transparente en las aguas. Se alejan un par de metros y sincronizan brazos y miradas como un par de serios bailarines. En menos de un par de minutos, con el vaivén de su cercano bote de remos, extienden sus brazos como sacando una sábana del mar y, vigilantes, se aseguran de sacar la carnada poniéndola abordo, misma que les servirá para atrapar mayores peces en aguas más profundas del golfo.

¡Es una especie de baile! Saltan de sus botes y el agua les llega a los pectorales. Hunden muy suavemente las redes esmeralda y vuelven a sacarlas con tal ritmo sincronizado, que sus ojos son los que hablan cuando notan haber atrapado algunos. Vuelven a estirar sus húmedos brazos en ambos costados, comparten cierta alegría en la cara y elevan sus manos descubiertas del agua, como danzando en las plegarias que desean abundante pesca. ¡Lástima no tener cómo filmarlos! Una lente zoom me sería suficiente. Algunos, sólo pocos, comienzan a alejarse a mar adentro.

El horizonte no tardará en insolarse. Es difícil divisarles cuando surcan el borde que los une al basto cielo. Hay decenas que se camuflan en la bruma que se disipa y la cámara que me prestan no sirve para registrar todo esto.

¡Me quité los zapatos! Hace mucho no me descalzaba ni andaba así. De momento, con un destello en el torrente de recuerdos, me volví a descubrir. Hay tantas memorias que creí perdidas pero, por alguna razón, mi mente las esconde en sus lagunas o las atesora para estos momentos. El milagro comenzó al hundir los pies en la frescura de esta arena gruesa. Jugueteaba con los dedos para poder sentirla, pues, hace un año vine por estos lados y, ese par de días, anduve muy apurado.

La burbujeante espuma de una ola reventó a mis pies. La temperatura cambió en la humedad y volví a identificarme con mi niñez, mi juventud. Sentí cómo era y qué pensaba a la edad de imprecisos días. Volvieron unas ideas de cómo serían mis cosas si viviera cerca del mar. Solía pensar que tendría un camarote en mi propio bote o que tendría un motorhome para mudarme y visitar, periódicamente, distintas playas y hacer lo que se me antojase.

Dí muchos pasos. Alternaba desde la arena seca a la humectada en el mar. Ese olor salino, característico, despertó en mi nariz ensueños que me eran propios. Metas que tuve, mi forma regular de sobrevivir, en un momento se olvidaron: Era yo quien revivía y tuve una cita conmigo mismo, en el Palacio de mis recuerdos.

Hundía las uñas del dedo gordo intentando remover el hongo de ese par de dedos. Jugaba como intentando sacar el yodo del mar y la arena. Sabe Dios la cantidad de sales que había olvidado tomar para que este milagro no volviera. La “civilización”, con miles de procesos, me había domesticado y no lo había notado llegando a los 50.

¡Qué sensación! Ni me había apercibido de los que pasan y observan, poco importa lo que de mí piensen mientras recojo estas notas. ¿En qué –a mi edad- perjudico siendo un niño? He cedido tanto terreno, en algunas áreas, que perdí la identidad que tuve conmigo mismo ¡Sigo siendo especial y espacial!

¡Oh! Perdí la noción del tiempo. Anduve sin detenerme hasta llegar a unos lindos bohíos tejidos con palma seca. Llevo rato escuchando el ensordecedor sonido del mar. No tiene musicalidad, pero no adolece de ritmo.

Los cangrejitos se ocultan bajo la arena. El sol que levanta hace sentirse descubiertos y huyen en mi paseo. Los pescadores, por su parte, reman mar adentro. El oleaje sereno en la orilla reposa en su vaivén inquieto, como tratando de hablarme, murmurando palabras que suenan fuertes a mis oídos.

El sol ya caliente mi espalda. Las aves ya no están tan cerca ante el incesante oleaje que insiste en serpentearme con sus dibujos de espuma y de arenas. ¿Será un niño? Este inquieto mar que me llama a jugar y a seguirle…

No me es fácil concentrarme. Vine a orar, a leer de Su Palabra, y sólo me ha servido de tabla Su libro esta mañana. El ambiente me marea con tantas distracciones y sonidos. Si estuviera en mi cuarto, en mi casa, este asunto sería distinto.

Esta agua parecen una mujer. Se dibuja y desdibuja como queriéndome sugerir cosas, en su movimiento incesante. Me incita, sugerente, y no termino de interpretar esas cosas que muda me dice; pero no está a solas, ni habla exclusivamente para mí.

¡Ah! ¡Se molestó!

Ha roto el cristal de sus olas muy cerca de este madero enterrado en la arena donde estoy sentado. La observo. Trato de atinar a lo que me dice… ¡Seguro es una mujer!

La mar quiere atraparme. Me hala, me lleva y quiere hundirme en sus adentros. Si me aborrece, una vez que me haya usado, me soltará abombado –lleno de gases- pero nunca satisfecha ni conteniéndola a ella. Si tengo suerte (otra mejor que hundirme al oscuro fondo) saldré de ella y flotaré a la deriva, hasta que alguien me vea, me reporte y, en el mejor de los casos, me recoja y me lleve consigo.

¡Debe ser mujer!

Siempre tiene algo de qué hablar o decir. ¡No me opongo a eso! a menos que me impida el diálogo que acostumbro conmigo mismo (Que no me impide escuchar mis propios pensamientos).

Nunca ha estado en total silencio. En la noche, cuando habla más bajo, escucha sus sonidos más profundos y nunca es muda como una fría piscina. Sin embargo, como algunas mujeres lo dicen, puede que uno crea estarles dando mucho, pero no se saciarán ni las colmarás dándoles todo.

¡Debe ser mujer! (porque me seduce).

Una parte de mí es renuente a este coqueteo, a este continuo mar de cambios. Si comienzo a levantar alguno de mis castillos, ella, ayudado con la brisa, termina derribándolo con alguna de sus travesuras. Deja vu!

Llevo casi tres páginas con estas notas. No comprendo lo que con su oleaje me dice ¡Más bien! Siento deseos de retirarme a dormir… Me trasladaré a uno de esos bohíos. Creo estar demasiado cerca. Me ensordece su sonido y casi no puedo escucharme cuando pienso.

Es incesante su trepidar. Decir que es insufrible es una mentira: Ahora entiendo por qué gente habla y no se le escucha. Tienen la habilidad de fingir que oyen, pero se escuchan bien a sí mismos…

Me ha dicho tantas cosas. Ahora comprendo porqué la amaba… ¡Es mujer! Ya lo sé.

Puedo verla. Parte de mí no desea volver, pero el asunto no tiene caso. Hay muchas inconsistencias y mi fe no es la de ella. Su sexo, porque lo tiene, demanda cosas que no requiero en lo mío y, su dimensión, tiene un sendero distinto y no lo deseo abordar. Su entorno me es ajeno. Intento acercarme y no encuentro cómo asirme. He cambiado al salirme de mi núcleo, en este traslado donde no tengo montañas para subirme y camuflarme en su verde.

¡Somos diferentes! ¿Cuándo lo habría notado? (¡Sush! Me mentí) (Guardaré este silencio).

¡Ok, lo admito! ¡Me equivoqué de nuevo!

Si hubiese vendido todo, no tendría cómo volver y hubiera provisto sólo para mis prioritarias necesidades. En parte ¡es egoísmo! Pero necesito ese santuario para mí mismo…

La arena, a lo largo de esta costa, no es blanca sino gris y, así me siento. Y esta gana de dormir me adormila lejos de un lugar donde pueda hacerlo: No me tenderé en la arena. Esa sensación me incomodará hasta que pueda ducharme y sacar la arena de mi ropa.

Andando la distancia entiendo este ritmo de aguas. Hay un lenguaje húmedo en cada ola que revienta, ondeando en sus sucesivas resacas y en centelleante burbujear de espumas sobre ese cuerpo de arena. Si me pongo a considerar este todo, no repararé en mencionar su erotismo, el arte de su seducción, en este dar para tomar y luego pedir para recibir. Es su lenguaje de erótico amor. Ingenuamente se presenta el atractivo a los ojos y naturalmente no tendemos a ruborizarnos con esas insinuaciones. La vergüenza, en ciertos casos, es nuestra pena al auto-descalificarnos.

¡Sí! ¡Suspiro! Estoy sentado frente a su inmensidad desnuda y no guardamos pudor. Esa verdad –que no enmudece- no puede dejarme callado. Me acaricio sobre su arena, a menos de 15 metros donde lubrica sus playas… ¿Por qué me guiñas con las olas de tus lisonjeros ojos?

Me invita a su lecho de arena fresca. Me envuelve en el asalto de sus aguas que saladas me besan, en un intento de sumergir y luego hundir… ¡Es mujer!

¡Es alegre! A veces, lisonjera. Burbujea con la espuma de su embriagadora champaña salina. Dulce seducción me promete con el plato de sus afrodisíacos mariscos ¡No comeré! ¡No cederé!

Otro arrebato salaz. Intenta golpearme y moverme de mi sitio. ¡Parece salirse de sí!

(Viene lo malo)

Siento celos. No deseo compartirte con otros, pues, no soy el único a quien le provocas tus sensaciones. ¡Tengo prejuicios! ¿Qué me dicen todas estas marcas e el lecho de tus arenas? Soy, lastimosamente, para un amor exclusivo, excluyente. ¡Pareces lujuriosa! Y no conozco tu mar de fondo.

No podré hacer planes para mañana. Proyectarte, incluirte en mis sueños, mecería mi principio de lealtad y pertenencia ¿Vienes frescamente a endulzarte con mis labios?

Necesito tiempo para recuperarme... No he terminado bien una cosa cuando comienzas a pedirme la otra… Padeces lujuria y un insondable apetito de pedirme muchas cosas. Tengo intereses propios. Mis recursos son escasos.

(Suspiro)

(Decepción esta vez)

Somos muy diferentes…

Dejaré solo este espacio para ocuparme de lo  mío.

 

A.T.         Colombia.  Mayo 10, 2010.

 

 

P.S.

El autor, para fines propios, describe lo que le grada y disgusta. Esta pieza será un inserto de “Nuestra Historia”.

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