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Llegan las olas suavemente a morir en la arena dejando su espuma blanca después de acariciar mis pies agradecidos por el frescor del agua al atardecer. Poco a poco se va quedando solitario el paisaje que estuvo largas horas repleto de sombrillas de colores y siluetas tostándose al sol y se hace el silencio solamente interrumpido por el rumor de las olas que se van rompiendo mientras borran las huellas que tras de mi voy dejando. Casi podría parecer que el tiempo se ha detenido y que solo existimos el mar y yo...

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Asoman entre la arena conchas y caracolas marinas como puestas expresamente para mi, para que las recoja y me sirvan de recuerdo de estos momentos plácidos y serenos sin nadie que interrumpa esta íntima comunión entre el mar y yo. El rumor constante de las olas parecen murmurar frases o tal vez entonan una canción?. La inmensidad del mar contemplado así en solitario ejerce un poder hipnótico que impone, asusta casi, pero atrae y fascina con sus tonos entre azul y gris del atardecer mientras el horizonte comienza a enrojecer. 


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Una estrella de mar atrevida ha llegado empujada por el mar muy cerca de mi, pero del mismo modo otra ola la arrastró mar adentro, seguramente hasta las profundidades marinas donde tiene más seguridad. Y comienzo a sentir la misma necesidad de marchar antes de que sobre el mar caiga el manto negro de la noche porque el mar, pese a su enorme belleza, cuando el sol desaparece cambia de color y se torna amenazante, tenebroso...   

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