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El Museo de Valladolid exhibe mobiliario del siglo XVI y entre ellos se encuentra el Sillón del Diablo que seguramente nadie repararía sino fuera por una cinta y un letrero que aconseja no sentarse en él. Este sillón es de un estilo de los que solían usar los frailes de los conventos y aparece en el libro "Tradiciones Universitarias (Historias y Fantasías)", de Saturnino Rivera Manescau, publicado en 1948 donde relata una extraña y terrorífica historia sobre este sillón frailero.

Este asiento perteneció a un médico que adquirió fama por sus importantes curaciones, Andrés de Proaza. Corria el año 1550 cuando el cirujano Alfonso Rodriguez de Guevara instauró la primera cátedra de anatomía de España donde se practicaba la disección de cadáveres procedentes de hospitales. Andrés de Proaza era un asiduo a las clases y se murmuraba por Valladolid que realizaba extraños trabajos  de magia en el sótano de su casa ya que con frecuencia se escuchaban gemidos y un río que pasaba por la parte trasera de la casa solía salir rojo de sangre.

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Los rumores aumentaron con la desaparición de un niño y al entrar a registrar las autoridades encontraron los restos del pequeño al que le había practicado la disección en vivo. Durante el juicio dijo que no practicaba hechicería pero que todo era culpa de un sillón que le había regalado un nigromante de Navarra, que al sentarse en él se adquirían poderes sobrenaturales para curar enfermedades pero que si se sentaba alguien que no fuese médico moría de inmediato, al igual que el que intentara destruir o quemar el sillón.

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Andrés de Proaza fue condenado a la horca y sus bienes amontonados en un trastero. Pasado cierto tiempo, un bedel se lo encontró y se lo llebó para descansar de su trabajo y a los pocos días murió de repente sin saber porque. El nuevo que entró de sustituto murió también sin motivo aparente y entonces la gente se acordó de las palabras del sentenciado a muerte. Acordaron colgar el sillón en el techo de la capilla para que nadie osara sentarse y allí estuvo mucho tiempo. En 1890 cuando se derribó el edificio todo el mobiliario pasó al Museo Provincial donde se aconseja a los visitantes que no cometan el error de sentarse.

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