Las malas de Velvet triunfan esta tercera temporada de la serie protagonizada por Miguel Ángel Silvestre y Paula Echevarría en Antena 3. Bárbara y Cristina se han propuesto recuperar a sus maridos, no tanto para el amor sino para la casa. Estas mujeres de los años sesenta no se imaginan sin un macho en casa. Tratan de ser modernas, pero añoran sus papeles de mujeres florero de ricos empresarios.

Bárbara es la amiga lista. Amiga y cuñada de Cristina ha trazado un plan perverso: quiere que Cristina se quede embarazada de un chico de su clase para hacerle creer a Alberto que espera un hijo suyo. Es fácil hacer creer un embarazo. Lo difícil es quedarse encinta en una época en la que no existían los bancos de semen y tienes que recurrir a antiguos novios o a ese nuevo secretario que ha empezado a trabajar para el proyecto de joyas en las Galerías Velvet que intentan poner en marcha las dos cuñadas que siempre triunfan.

Cristina ya ha conseguido arrastrar a Víctor, el secretario, al acto sexual apresurado sobre la mesa de su despacho. No sabemos si tanta pasión ha dado sus frutos. Sólo sabemos que repiten y siguen repitiendo, sin que el bueno de Víctor sepa que está siendo utilizado como un semental.

Me gusta esta serie en lo que se refiere a los de arriba, sobre todo a las malas de Velvet. Los trabajadores de las galerías son vulgares. No aguanto a Rita y a su marido torpón. Doña Blanca, la jefa del taller, no resulta creíble. Empezó enamorada de un guapetón vendedor y ahora está enamorada del tío de don Alberto, el ladrón de la nueva colección. La secretaria Clara está bien, pero tampoco me acaba de convencer. Es una trepa que no acaba de trepar. Piensa más en el amor que en el dinero. Debería liarse con don Mateo, el subdirector de Velvet, de verdad y dejarse de coqueteos absurdos.

Como os decía, mis favoritas son las malas, sobre todo Patricia y Bárbara, dos mujeres enfrentadas por ese Enrique que está casado con Bárbara y se lía con la astuta Patricia, la hermana de don Alberto que quiere hacerse con las galerías. Patricia es lista. Cuando Alberto la echa de casa, se mete de okupa en las habitaciones de empleados de las galerías y consigue que su cuñada Cristina y Bárbara la dejen participar en su proyecto de joyas. Sólo ella puede conseguir un proveedor que está enamorado de su persona desde siempre. Bárbara es una mala a la que le falta un hervor. Es una mala algo tonta para los negocios. La mujer florero que siempre fue todavía no brilla detrás de un despacho.

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