Maestria musical en el metro

Aquella mañana de fines de septiembre parecía ser común y corriente ya que era fría, nublada y algo oscura. La rutina diaria antes de salir a trabajar se cumplía al pie de la letra. Despertar temprano, levantarme pesadamente para tomar una ducha, vestir las prendas seleccionadas la noche anterior, desayunar y dirigirme a la estación Universidad era lo habitual.

Compañeros de viaje

En el andén esperando el arribo del siguiente tren, comenzaban a llegar los compañeros de viaje de siempre, un joven con su mochila al hombro se notaba esta vez impaciente, pues miraba repetidamente su reloj; una señora con su hijo, de unos 2 o 3 años, terminaba de aliñarlo. El uniforme del pequeño perfectamente limpio y sus zapatos lustrosos así como la apariencia pulcra de la dama dejaban claro que era devota de la limpieza y del cuidado personal.

Un grupo de tres adolescentes en uniforme escolar bromeaban sobre un trabajo que aparentemente les había costado mucho trabajo concluir.

Paulatinamente se incrementó la concurrencia de manera notable. Sin percibir la llegada de un hombre de edad avanzada, recien afeitado y de aspecto humilde cargando un pequeño maletín de color negro, el silbato del tren me hizo poner atención a su llegada preparándome para el abordaje. El trayecto del viaje hasta la estación Hidalgo se llevaría alrededor de 25 minutos, aunque los asientos eran limitados, en el vagón que elegí pudimos ir todos sentados, para mi sorpresa el hombre del maletín quedó justo frente a mi.

Un trayecto especial

El trayecto a la siguiente estación tomaba alrededor de 2 minutos, lapso durante el cual aquel anciano colocó su maletín sobre sus piernas y cuidadosamente lo abrió y extrajo un pequeño xilófono multicolor y un par de pequeñas baquetas, de esas que tienen una pequeña bola en el extremo, similares a las utilizadas para las marimbas. Esperó a que el tren se detuviera a su llegada al andén e hizo un pequeño ritual acariciando el instrumento y cada una de las baquetas. Justo cuando el aviso de advertencia de cierre de puertas sonó en el tren, comenzó a tocar.

Su expresión facial era de tranquilidad y al mismo tiempo alegría. El tintineo del instumento atrajo la atención de todos los que acompañábamos al singular personaje. Los adolescentes suspendieron su plática, aquel joven apresurado dejó de observar su reloj y hasta el pequeño y su madre admiraron al virtuoso. Una tras otra las piezas musicales fueron surcando el ambiente y nos hicieron olvidar por un momento el ajetreo, la prisa y la rutina.

Esa mañana se volvió especialmente singular con lo que el hombre nos regalaba gustoso.

Fin del deleite

Muchos tuvieron que bajar porque llegaban a su destino, pero se notaba que deseaban seguir para no dejar de escuchar aquellas notas pues miraban de reojo al 'hombre del xilófono' que fué como lo denominé a partir de ese día. Algunos pensaron que lo hacía por ganarse alguna moneda porque al terminar de cada melodía urgaban en sus bolsillos, sin embargo el improvisado músico continuaba sin chistar.

Para mi asombro, el recital terminó justo una estación antes de mi destino, el músico popular abrió de nuevo su maletín y guardó con el mismo cuidado su instrumento de percusión, no sin antes dibujar una mueca de satisfacción y un largo suspiro. 

Tomo aquel maletín y lentamente se acercó a la puerta de salida, de pie junto a mi sonrió y con pequeños pasos se alejó entre la multitud dejando un sabor de boca muy agradable por su humildad y VIRTUOSISMO.

Nunca más lo volví a ver...

 

Xilófono

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