Me encuentro raro. Al ver la imagen de ese personaje subiéndose a un autobús, enroscado a una gorra y con la gabardina de Colombo, no he podido evitar sentir asco y cierto cabreo. Y cada vez que se me repite, la cosa va a peor. La justicia es un concepto tan magno, tan supremo, que está muy por encima de pequeños desperfectos del sistema. Tiene que ser igual para todos, tiene que garantizar los derechos del honrado y del ladrón pues ambos son teóricamente merecedores de su protección. Pero no se puede negar que pica mucho en el sentimiento observar a Luis Roldán, ejemplo vivo de la corrupción política, pasearse por la calle como si nada, como uno más. Todo el daño que hizo a la Guardia Civil, arruinando la Institución, todo el dinero que se llevo tibio, hasta diez millones de euros, toda la mentira que le rodeó durante su época de pez gordo, número uno de su promoción sin haber pisado una Universidad, toda su mala gestión, orientada sólo a enriquecerse, se olvidan en beneficio del sistema democrático. No constituyen motivos suficientes para pudrirse en una cárcel. Se le proporciona una pensión (tiene cachondeo la cosa), y se le manda para su casa, sin averiguar dónde tiene escondida la "pasta" que no ha aparecido. A mí me produce un escalofrío muy incómodo, pero son cosas de la democracia, la que él humilló y pisoteó, y que ahora le acoge bajo su manto.

Busco la forma de expresar lo que pienso sin parecer soez. Y no doy con ello. Tal y como está el patio, solo faltaba éste para mejorar el concepto que tenemos de la clase política. Luis Roldán es el prototipo de dirigente que ha convertido el mundo en el que pretendemos sobrevivir en el desastre que es ahora. Deberíamos desterrarle muy lejos. A la estación espacial como mínimo.

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