En un lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme...

Sangre compartida, pan compartido. Don Quijote

 

La historia del caballero sin sudor prestado o comprado, más que el propio, amigo de la sombra con voz de cincel, hombre de vibrante pupila que hace una honda en el espíritu donde la policromía imita a circo y pólvora, con el amor y el honor, mientras los secretos y la amargura que hierven dentro enmudecen, aplacando en mármol sin esculpir, su corteza de estático centinela.

Jugando a la maroma de sol derretido, saltando horizontes a canto de incendio, descubridor de la brújula a ávida mirada galopante hasta del ancho mar.

Rocinante, dejando promesa de huellas inscritas del material tronador que conspira con sus visitas desde los cielos arcanos entre el sol y la luna donde el crepúsculo a mimos acogen los amaneceres de entretejidos corazones palpitantes exudan sus vivacidades y componen juntos la fina cultura en un canon de prismas a su revolución de terrenal herencia, con suerte de espora sobre la pata de una abeja, su amigo sancho, impulsado por alma de dulce fechoría aunque prestó la duda traía con sus alientos las orquídeas y amapolas al desfile pálido de armadura que acude a sus libros como las cicatrices y las arrugas lo hacen a él entre inocencia marchitada se volvió tumba y ave aplacando tritones y basiliscos. Naufrago a la isla del tiempo y trapecista del borde de la locura que ruge a bocanadas sus metas, en virtud el ingenioso las trazó.

Por su amada Dulcinea del Toboso. Incluso trecientos años después de reunirse con su creador Cervantes allí esta, en Madrid, con sus clásicos, un excelente libro, creo que todos vivimos en otro lugar de la Mancha. Junto a Cervantes, Sancho, Dulcinea, Rocinante y Don Quijote. Pues es en sus páginas donde podemos encontrar las más puras bienaventuranzas del alma humana.

Todavía Juntos en Madrid

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