LUCY solía tomar sus pastillas a las 8 de la mañana como lo había indicado su doctor.

Era callada y aunque a veces gritaba de la nada, a simple vista se veía como una mujer igual a cualquier otra.

Todas las noches, en la cama, charlaba con su esposo y le preguntaba cómo le había ido durante el día, el hombre era un bombero, por lo que a Lucy siempre le gustaban las historias que su esposo contaba. Terminaban hablando de cualquier cosa, lo que fuese, pero siempre buscando la interacción, como para cumplir con el anillo que cada uno portaba en su dedo anular. Costumbre, de eso nadie se logra escapar.

Al final de la noche, cuando ya se hacía difícil mantener la conversación, el esposo tenía por costumbre decirle a Lucy, o tal vez al aire, ya que estaba oscuro y nadie veía a nadie:

-«Estoy feliz de que ya no tengas recaídas, de que cumplas con nuestra familia». Para Lucy, dichas palabras eran como su Padre Nuestro, su Ave María, su pan de cada día.

Los días pasaban y por las noches todo era igual, a veces lo sentía tedioso, otras parecían una novedad. Una noche, justo antes de dormir, Lucy entra al cuarto de su hija y vierte sobre su cama, todo el azúcar que en la cocina se almacenaba, con las manos la esparcía asegurándose de que todo estuviese bien cubierto, se le veía bastante segura de lo que estaba haciendo.

A eso de las 4 de la mañana la niña comienza a gritar, eran gritos desesperados, de esos que erizan la piel y que se clavan en tu mente.

El esposo de Lucy salta de su cama y corre hacia el cuarto contiguo; al encender la luz se percata de una extraña silueta de color negro rojizo… sintió pánico, se le vio blanco, aterrorizado. Cuando sus piernas le permitieron por fin acercarse, se da cuenta que, lo que la hacía gritar eran miles… ¿miles? no, millones de hormigas, todas por encima y debajo de la niña.

Como si de una película que infiere el terror físico se tratase, el padre alza a su hija entre sus brazos y corre a llevarla al hospital. Las picaduras están por todas partes, era un hecho salvaje. Difícil es esperar que una niña de 4 años sobreviva a tan infausto destino.

El hombre molesto le pregunta a su mujer: -«¿No te das cuenta que es nuestra pequeña hija a la que le has hecho daño?».

Lucy, desorientada y con aparente vago conocimiento de lo ocurrido, sólo alcanza a decir: - «Dios en un sueño me pidió llenar de dulzura a mi hija. En ocasiones siento que es su voz, en otras no me parece que sea humano. Son como ecos de voces sepultadas, ultrasónicas, que se unen para llenar mi cabeza de múltiples incógnitas con respuestas que no tienen lógica».

La mujer estaba tan sumergida en su terrible error que experimentó una extraña cordialidad, una espeluznante calma al hablar.

Él, lleno de ira pero todavía racional, se percata de que ella había abandonado su medicación hacía ya cuatro semanas atrás, que todo lo sucedido fue inducido por su locura y que ya las soluciones posibles, se habían reducido a una… sobraban las señales.

Había soportando demasiado, y eso era lo último que podía soportar.

A tres meses del accidente, LUCY LA ESQUIZOFRÉNICA duerme sola en su cuarto en el hospital psiquiátrico.

Junto a ella, al borde de la cama, un recipiente de azúcar se encarga de almacenar su pasado, aunque no está segura de lo que debe recordar, porque el canal que transmite sus recuerdos está oxidado por no haberlo usado jamás.

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