Una estudiante —sola, embarazada, adicta al alcohol y a las drogas— había comprado varios libros con la esperanza de que le ayudaran a salir de su miserable vida. Pero no encontró en ellos nada de lo que necesitaba. Desesperada, buscó el Nuevo Testamento que había recibido en el campus de la universidad y que había tirado con desprecio en el fondo de su armario.

No sabía gran cosa de Jesús ni de la Escritura. Empezó a leer el evangelio de Mateo, luego el de Marcos, y quedó sorprendida porque le parecía que la misma historia se volvía a relatar desde el principio. Cuando llegó a Lucas, nuevamente empezaba la misma historia.

Más tarde ella atestiguó: —Al mirar atrás, puedo comprobar que cada evangelio puso en mí un fundamento más sólido. No tenía dudas de que todo lo que allí leía era verdad. Poco a poco el Señor Jesús conquistó mi corazón. Cuanto más leía la Palabra, más claramente veía lo que era bueno y lo que era malo, y cuánto Dios aborrecía el pecado. A veces quería cerrar el libro porque me parecía que cada palabra me juzgaba. Pero seguía leyendo para apagar mi sed de Dios.

La joven entró en contacto con creyentes y asistió a sus reuniones. Así aprendió a conocer mejor al Señor Jesús. Le quedó claro que debía convertirse y obedeció el llamado de arrepentimiento.

Ella misma dijo que el día en que recibió con fe al Señor Jesús en su corazón fue el más hermoso de su vida.

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