Un cuentito de amor entre desconocidos y olvidados.

Entre los memoriosos del barrio (señores de trajes gastados y zapatos lustrosos que pasan sus tardes en el bar Odeón en la esquina de la Iglesia de Flores) cuando los temas de conversación empiezan a escasear, sale a la luz una historia tan vieja como difícilmente verídica: la historia de “el fantasma de la plaza”.

Una vez, estando yo en el bar tratando de entender lo que había querido explicar Charles Pierce al definir “semiótica” tuve oportunidad de escuchar su historia completa, o por lo menos completada, sentándome cerca de esa suerte de “yunta de fabuleros del barrio”.

Un fantasma un tanto extraño éste que rondaba los limites de la plaza. Vestido con un traje recto, gris oscuro, un tanto ajado por el uso, una camisa blanca en idénticas condiciones y una corbata al tono con el nudo torcido. Se pasaba las noches y las tardes molestando a cualquier transeúnte retrasado en espera del trolebús, parejas de novios, vagos o bohemios que por allí decidieran pasar su tiempo.

Después de muchas discusiones y pilas de basitos de ginebra, concluyeron en que se trataba del alma en pena (o no) de un poeta atorrante que se pasaba las tardes en el billar de Atraigas y Yerbal tratando de recibir de las musas gloriosos versos que lo llevaran al corazón de la gente, o al menos, de algún editor.

Recorrían su cuerpo rimas y estrofas que nunca llegaría a escribir, pues si bien sabia que sus versos podían ser tan buenos como el que más, nunca encontraba la estrofa correcta. Mas bien nunca encontraba la estrofa que los posibles lectores juzgaran por buena.

Según cuentan, este problema fue ganando terreno en su vida llevándolo a un estado de inseguridad permanente. Las decisiones más simples se transformaban en terribles debates con él mismo que generalmente culminaban en una decisión equivocada o lo que es mas grabe, un estancamiento.

Cuentan que nuestro poeta encontró el fin de sus días cierta vez en la que, parado entre las vías de la estación Flores, no se decidía a subir al andén de los trenes que van para Plaza Once o el de los que terminan en Moreno.

Recién llegado al bar, el Agrimensor Rolando Fuentes se apura a dejar su saco para contar que tuvo la oportunidad (o la paciencia) de escuchar un relato que cuenta que el fantasma aseguraba que al llegar al purgatorio, teniendo en cuenta que nunca se había decidido por ser ni bueno ni malo, le dieron a elegir entre el las ventajas del cielo y los interminables tramites burocráticos del infierno. Tanto tardó en resolver este problema que ni siquiera llegó a anotarse en el balotage y así volvió a rondar por los lugares que le eran conocidos… precisamente, la Plaza Pueyrredon, más conocida como Plaza Flores.

Una vez instalado en un banco que daba a la calle Yerbal - agrega el Escribano Martínez mientras levanta el brazo con gesto de “otro café” - comenzó con sus actividades fantasmales: movía las fichas de los señores que jugaban ajedrez en las mesitas de la esquina cuando éstos se quedaban dormidos, se aparecía detrás de las novias que se fotografiaban para su álbum de casamiento con el solo fin de hacerle cuernitos, sacaba pelotas que estaban por entrar en los arcos improvisados con los sacos de colegio de los pibes, pateaba los bastones de las viejas y las atajaba a dos centímetros del suelo.

Todo iba bastante bien en sus días de anima hasta que una tarde, cuando el sol estaba ya casi escondido recordó aquello que alguna vez realmente le llevó a tratar de encontrar el verso preciso o lo que realmente le interesaba conseguir con esos versos: impresionar y a su vez alimentar el amor de una señorita. No de cualquiera (cosa que pudo haber sido mas o menos fácil) sino de esa señorita cuyo amor le acompañara el resto de su vida, aquella que le permitiera sentirse un hombre o un pibe, ese ser con el que todos soñamos, con el cual uno pudiera sentirse padre, hijo, amigo, novio, amante. Aquella que lo ame por lo que es, pero que le recuerde que siempre puede ser algo mejor. Por que también él eso pretendía y tenia para dar.

Cada vez que tenía oportunidad se iba tras las señoritas que cruzaban distraídas la plaza para susurrarles cosas bonitas al oído, acariciarlas, hacerles upa para saltar los charquitos los días de lluvia, subirse a los pañuelos de las damas que por algún motivo lloraban tanto para ayudarle a secar sus lagrimas como para ganarles una caricia.

Pero cuando finalmente lograba llamar la atención de las señoritas, cuando estas se daban vuelta para agradecer ese gesto el fantasma se desvanecía…

Solía creer que cuando las señoritas se dieran cuenta que el tan solo era un alma (o vulgarmente un fantasma) se aterrorizarían, lo insultarían o simplemente lo despreciarían, pues el no tenía nada mas que brindarles que su propia existencia.

Esto fue lo que sucedió con una señorita – intervino Oscar el Diariero, alzando la mano como pidiendo permiso – que cierta tarde cruzaba la plaza cortando camino a la estación: Luego de un reparto piropos de manual, el fantasma, se escondió bajo una baldosa y se quedó espiándola. La mujer se dio vuelta y al no encontrar al autor agradeció, como si tuviera alguien enfrente, los halagos. Se sonrojó (tal vez por verse a sí misma agradeciendo al aire) bajó la cabeza y apuró el tranco – según el fantasma imaginó - para no perder el tren que ya estaba pitando en la estación rumbo al Oeste, a Ramos Mejía tal vez, o a Moreno.

El fantasma se quedó impactado. Su perfume, su pelo, su osadía (por aquellos días encontrar a alguien agradeciendo al aire era un claro signo de estar frente a un reverendo loco), su rostro sonrojado, su sonrisa…

Entre suspiros – comenta Juan Carlos el mozo dejando una grapa y pinchando el ticket en la mesa de “los memoriosos”- el fantasma dejó caer solo una palabra que pareció salir desde el fondo de su alma (es decir, desde el fondo de él mismo): “… Bonita …”.

Al día siguiente mientras el fantasma buscaba una nueva víctima para cumplir con sus quehaceres espectrales descubrió que en el mismo lugar de ayer se encontraba la misma señorita. Parada, con cara de “que corno estaré haciendo yo acᔠy mirando para todos lados como si buscara algo o alguien.

Antes que algún otro señor se abalanzara, el fantasma se acercó despacito por su espalda, le dijo algo que solo ella llegó a escuchar y disparó a esconderse nuevamente bajo la baldosa. Todos en la mesa creen que fue alguna declaración o algo por el estilo, por que la señorita se dio vuelta, con la cabeza baja (imaginan todos que sonrojada) y respondió en voz baja: “yo también, señor”… y salió corriendo esta vez más rápido para la estación.

El fantasmal corazón del fantasma de la plaza latía tan fuerte que las palomas se asustaron, las hamacas de la plaza se movieron inexplicablemente solas, algunas nubes se escurrieron para que cayeran algunas gotitas de agüita fresca. El adicionista del bar (Rodolfo), detrás del mostrador se atrevió a decir que esa tarde se escuchó un tenue campanazo en la cúpula de la Iglesia. No había duda, el fantasma había querido esconderse en el campanario pero su corazón lo deschavó. Se había enamorado. Había encontrado casi sin buscarlo, lo que creía perdido desde las épocas de poeta de bar…

- Si, si – dijo el Doctor Unzurraizaga, con gesto de afirmación como si hubiera vivido la situación – Desde ese día por algún tiempo se sucedieron siempre los mismos hechos, ella venia, escuchaba o sentía algo, respondía en voz baja y salía corriendo, a veces solo unos segundos, otras un largo rato. Lo cierto es que un día – añadió – La señorita no apareció mas por la plaza… y ahora que lo pienso – con cara de estar sacando conclusiones – tampoco nadie más volvió a ver ni sentir al fantasma de la plaza.

De pronto se hizo un silencio corto, uno de los viejos atorrantes (mas por aburrimiento que por sueño) advirtió que ya eran las 2:30 de la mañana. Todos pusieron cara de “como pasa el tiempo” y se fueron yendo de a uno. Había terminado un día mas en la vida de estos señores. ¡No lo podía creer! había escuchado todo el relato y así como así se levantan y se van!… pero… pero. Claro, ellos se saben la historia de memoria.

De pronto me sentí solo en el bar, con mis apuntes, tres tazas de café vacías y un resaltador que ya no funcionaba ni para atrás… así que agarré mis apuntes, mi angustia y levanté la vista para llamar al mozo. Entonces vi, en una mesita cercana a la de “los memoriosos” a Doña Margarita Gutierrez. Una señora ya muy mayor, muy chiquita, muy callada y hasta donde todos saben muy sola que pasaba las tardes mirando la tele en el bar. Solo tomaba té y comía las galletitas que lo acompañaban y cada tanto espiaba a la ventana.

Cuando estaba por darme pena verla tan sola en esa mesita apartada, la abuela me miró con esos ojazos tiernos pero pícaros que luego descubriría. Me llamó con el brazo, como quien llama a un amigo para contarle un secreto.

Me acerque extrañado (y un poco molesto por que ya quería irme a dormir), acerqué mi oreja y la vieja me susurró – No se angustie muchacho, yo se como siguió la historia…-. Ta´quelop…! Esto me pasa por quedarme boludeando hasta tarde (me flagelé en silencio). Pero me dio un “no se que” dejar a la vieja de garpe. Además, todavía necesitaba un final en esta historia para poder dormir tranquilo.

Me senté, le pedí al mozo otro té para ella (aunque la vieja se me enojó por que quería tomar un tía María) y un whisky para mí y me dispuse a escuchar lo que tenia que contar (de todos modos, mañana iba a volver a llegar tarde al trabajo).

- Resulta – comenzó la vieja mientras se le encendía de a poco la cara – que en esos encuentros entre el fantasma y la chica no solo había mimos y piropos. Como es natural, el fantasma se arrepentía de esconderse, y pasaba largos ratos pidiendo perdón y excusándose por ello. También es normal que la gente, al menos un poco, se espante al encontrarse con un fantasma, así que la chica también pasaba tiempo tratando de pedir disculpas y explicar al fantasma que sus miedos no eran por él sino un reflejo, una mala costumbre. De este modo explicaba las corridas hacia el tren (que de todos modos era para el lado de once y no para Ramos Mejía como suponía el fantasma).

Así y todo, en pocos días, en unos cortos ratos cada día, fue creciendo un amor medio raro entre ellos, un amor entre piropos y sustos, entre mimos y explicaciones…

Una tarde ya entrado el veranito, el fantasma desde la baldosa le mandó decir con un pajarito que andaba dando vueltas, que la amaba, pero que lo unico que tenía para darle era su propia alma, y que ella merecía (o tal vez buscaba) mas que eso.

La señorita hizo un puchero y guardando sus propios miedos en su bolsillo le mandó decir (con el mismo pajarito) que si los miedos, las dudas y las explicaciones llenaban un alma, ésta no podría ser mas que un alma en pena, que tanto los vivos como los fantasmas pueden tener almas en pena y que dos de estas juntas probablemente no llegarían a buen puerto…

Iluminado, el fantasma dio con una revelación, había encontrado una la formula que tanto en vida había buscado: Si había un verso perfecto, ese que habría enamorado a esta hermosa señorita, pues, el mismo debía ser el verso.

Pensó que, si esta era la “almita güena” que le acompañaría el resto de sus días, no había espacio para miedos, pesares y explicaciones. Que, de existir, serían cosas del pasado y ahí debían quedarse. Con mas razón aún si estos eran infundados.

Comprendió el fantasma que a veces hablar por hablar puede confundir, puede espantar, puede lastimar. Esa señorita, como él, era un alma y que las almas son esponjas que absorben todo lo que se le dice y hace. En definitiva, el solo quería hacer y decir lo que realmente sentía y realmente sentía que él sería feliz si ella lo era.

La abuela se había emocionado con su propio relato, hizo una pausa, se secó 2 lagrimas que le corrieron por las mejillas (para ser franco, lo primero que se me vino a la mente era que la vieja se me moría).

No es verdad – prosiguió la vieja cuando pensé que ya me libraba de aquella situación- que el fantasma haya abandonado la plaza, él sigue en sus cosas de fantasma, solo que ya no se pasa todo el día ahí, ahora acompaña (y se hace acompañar) a la señorita, en su vida, en sus sueños, en sus cosas. Esas dos almas fueron creciendo y acercándose desde entonces, más y más. Tanto que hoy hay que mirarlos muy de cerca para darse cuenta que son dos.

Así la vieja imaginó el final de la historia. Se levantó despacito, se despidió muy cortésmente y fue encarando para la puerta, le pedí al mozo la cuenta. Mientras juntaba mis papeles y el resaltador pensaba en la pobre vieja, tantas veces había escuchado la historia, sola ahí en su mesita, tantas veces como a mí le habrian dejado la historia incompleta, que tuvo que inventarse su propio final. Un final dulce y tierno, que otra cosa podría haberse imaginado.

Levanté mis cosas. Mientras esperaba el vuelto en la caja, por el ventanal que da a Rivadavia vi a la vieja, a Doña Margarita, parada en medio de la plaza que bajando la cabeza recibía a un señor de traje gris y poco pelo que se extendió para tomarla por detrás, abrazarla, llenarla de caricias para terminar en un tierno y profundo beso.

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