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Los Instintos Básicos de la Personalidad

En los estudios de la personalidad humana me ha llamado la atención una teoría que se conoce como  Instintos Básicos. Éstos se estructuran en los primeros años de vida y luego se manifiestan a lo largo de toda la existencia individual. Para algunos antes de los 5, otros  hablan de los primeros 7. “Dadme los  primeros años de una vida, quedaos  con todo lo demás”, decía un poeta.

El grupo de instintos básicos está formado por: el Amor, la Supervivencia, la Comunicación y la Utilidad.

La formación y desarrollo del instinto básico del amor comienza en el mismo instante de la concepción, cuando se da inicio al desarrollo de una nueva vida. Es el amor universal que se manifiesta permitiendo la experiencia mundana. Sigue su desarrollo a lo largo de los nueve meses  de vida intrauterina, cuando  la madre manifiesta todo el sentido del amor, al alimentar esa vida que lleva dentro con su propia sangre, protegiéndola en su vientre y proporcionándole la temperatura necesaria para la subsistencia.

Al momento del nacimiento y durante los primeros meses, lo que puede llevar hasta el primer año, se desarrolla el instinto de la supervivencia. Sobrevivir por sí mismo  sin la dependencia del cordón umbilical es para el recién nacido el informe de que  ya no depende totalmente  de una madre sino que por sí mismo tiene que emprender  su propio camino. Enfrentar las condiciones climáticas, cualesquiera que sean, aprender a alimentarse y sobrevivir.

Después del primer año, cuando la capacidad de hablar y comunicarse le introduce en el mundo social, empieza a  forjarse el instinto de la comunicación.

Y vienen luego las habilidades   para desempeñar sus destrezas, el deporte y las capacidades artísticas, el juego y la lúdica en general, abren paso  al instinto de la utilidad.

¿Cómo lo trata la vida representada en los mayores? Ahí está la clave para que esos instintos se desarrollen sin tropiezo y surja un buen prospecto social.

Las injusticias y  y el maltrato a lo que se expone el menor en sus cuatro etapas formativas de sus instintos básicos están influyendo decididamente en su futuro.

Las dificultades durante los nueve meses de vida intrauterina repercuten en el amor, formando seres temerosos de ese sentimiento, fríos, solitarios y dependientes de la madre, es el síndrome del desamor o soledad afectiva.  Igualmente un  parto difícil acompañado de un primer año violento  o lleno de dificultades para el menor conlleva al temor  a la vida, formando individuos tímidos. Esas mismas condiciones presentadas en el siguientes dos  o tres años, cuando se desarrollan los elementos de la comunicación repercuten en ésta, dando origen al complejo de inferioridad. En la siguiente etapa, que puede ir hasta los cinco  o siete años, la falta de orientación y apoyo, o el desconocimiento y rechazo a sus habilidades, configuran el síndrome de inutilidad, formando individuos  apáticos, perezosos, sin iniciativa e incapaces, ajenos al momento presente, sin interés por el ahora y aquí.

Este análisis tan resumido, por razón del espacio que permite un breve artículo, es sólo para indicar  la importancia del buen trato y el cuidado que hay que tener con los niños. No porque sean niños únicamente sino porque son la base de la sociedad que estamos formando y con la cual nos tocará vivir y recibir las consecuencias de lo sembrado o construido por nosotros los adultos.

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