Caminan en silencio, quizás para no seguir lastimándose.

Ese afuera de viento y arena templa sus espíritus.

Alguna vez se amaron.

O quizás nunca. Ya no importa.

Esbozan sonrisas y alguna palabra amable para llenar los silencios.

Pero ya no hay magia grácil.

Saben que, en algún sentido, lo han intentado todo.

Sienten en sus corazones el triste amargor del fracaso.

Una violencia interna podría hacerlos estallar.

Pero han aprendido la vana sabiduría de dominarla.

Un silencio tenso, intersticio entre el tedio y el dolor, tiñe cada acto.

Caminan al filo de la navaja del desamor.

La violencia que los anida, esconde el reproche mutuo de lo que el otro no pudo ser.

De las promesas que no pudieron cumplirse.

El fastidio los ha invadido para instalarse en la geografía de los pequeños infiernos cotidianos.

De las esperas huecas. Del mar de la confusión.

Laberintos de tristezas los extravían sin retorno.

Tal vez alguno o ambos todavía amen.

Pero los inunda la certeza de la impotencia.

Impotencia del amor. Fracaso del bien.

Se van perdiendo en la playa.

Son los despojos del amor.

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