El nombre de cristiano fue acuñado en la gran ciudad antigua de Antioquía, en Siria. Desde entonces las personas que han entregado su vida al Salvador Jesucristo llevan este nombre con propiedad. Así que este título no tiene nada que ver con el país en el que se vive, como algunos parecen creerlo.

Cierta vez, en Alemania, alguien dio un folleto evangélico a un hombre en el tren.

— ¿Por qué me da esto?, preguntó el viajero.

— Pensé que podía interesarle, contestó el creyente y prosiguió: —¿Puedo preguntarle si usted es cristiano? —Escuche, respondió el interpelado algo irritado, míreme bien: ¿tengo aspecto de judío o de chino? —Usted se parece y habla como un hombre de aquí, respondió el primero. —Entonces, es evidente que soy cristiano, respondió el otro.

Los verdaderos cristianos deberían ser personas en quienes se reconoce a Cristo. Pero hoy en día el título de “cristianos” no significa gran cosa. Son muchas las organizaciones que se denominan cristianas, pero apenas se conforman con algunos principios bíblicos. También hay numerosas personas que son miembros de una comunidad religiosa, y sin embargo no tienen una relación personal con Cristo.

A veces no es fácil encontrar a verdaderos seguidores de Cristo. Pero, gracias a Dios, aún existen. De hecho no basta pertenecer a una nación cristianizada o a una iglesia y cumplir ciertas formalidades. Sólo aquel que cree en Jesús como su Salvador y quiere seguirle, aquel que vive con aprobación de su Señor, tendría derecho a llevar este título precioso de cristiano. Esto es lo único que importa.

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