La esencia misma de las cosas, es decir, ese primer impulso que hace que algo surja y sea como es, es lo que en última instancia se revuelve sobre sí, se contradice, manteniéndose tal cual es en esencia, y hace que la cosa se aniquile, muera o deje de existir. Hablando en otros términos, la esencia misma ya viene programada para ejecutar en el momento preciso su decadencia y su cese. Ella misma dejará de funcionar siendo fiel a su funcionamiento.

Este pensamiento me surgió al observar ciertas contradicciones que ocurrían (y ocurren) en el seno de la empresa. He trabajado en varias, grandes y pequeñas, de larga data o recién surgidas; esto me ha permitido la observación directa del funcionamiento de una empresa. A pesar de mi observación parcial y momentánea, he visto un comportamiento general aplicable a la empresa en su conjunto. Seamos claros, en la observación de lo particular he visto un comportamiento universal.

La esencia de una empresa, sea cual sea su particular configuración, es generar dinero, una ganancia, un plus. Esto es lo que hace que una empresa nazca, se forme, crezca y se desarrolle. Y esto mismo, generar una ganancia monetaria, es también lo que hace que esa empresa quiebre y desaparezca.

El objetivo de la empresa es ganar dinero, eso está claro, pero ¿a costa de qué? Ahí está el quid de la cuestión. La empresa en su afán por generar más y más dinero se va volviendo cada vez más voraz hasta llegar a un punto en el que el ingreso de dinero no puede ser superior, ese tope no se puede superar ya. El tope no es el mismo siempre, depende del momento, del lugar y de la empresa particular; pero siempre hay un tope, un punto insuperable.

A partir de ese punto y siguiendo siempre su propia esencia, la empresa comienza a devorarse a sí misma de distintas maneras, a saber: recortar personal, quitar servicios, reducir sueldos y gastos, achicar instalaciones, estirar lo más posible la vida útil de todos los elementos necesarios, mentir, etc; con el fin de generar aun más riquezas. Pero esto es un autoengaño, es como si nosotros, llegados a consumir un punto máximo de calorías con nuestra alimentación pensáramos en no movernos o incluso en amputarnos los miembros y arrancarnos los ojos para que el gasto calórico sea mínimo y así crear la ilusión de que nuestra ingesta calórica ha aumentado. ¡Falacia total!

Todo esto es un manotazo de ahogado que la empresa da para perpetuar su esencia. En este punto empieza el declive de la empresa, puesto que como el servicio que brinda se hace más precario o el producto que genera pierde en calidad los clientes van disminuyendo con lo que disminuyen los ingresos, con lo que se aprietan aun más las riendas en la empresa recortando hasta los mínimos indispensables para su funcionamiento. Incluso se llega a la contradicción de pagar para que aunque sea haya un movimiento de clientes y productos, creando una ilusión para sí misma, un engaño para su esencia. ¿Qué son sino los premios, los descuentos, las promociones que van dando las empresas? Una forma de evitar o retrasar, por lo menos, ese declive. Esto es un engaño absoluto del cual ninguna empresa se libra. Y a partir de aquí sus días están contados. Lo que la hacía ser se ha negado a sí mismo, y con la desaparición de la empresa desaparece su esencia.

Lo mismo pasa con todo. La vida, por ejemplo, que en su afán por vivir se desvive. Esto es la muerte, la vida que se desvive, a partir del punto cúlmine donde la esencia comineza a negarse a sí misma. O una idea, que de tanto afirmarse se niega volviéndose su contraria hasta desaparecer en el olvido. O el amor, que se vuelve odio, luego indiferencia. O la libertad, que se transforma en soledad o se vuelve una cárcel que nos obliga a mantener una libertad que hace ya tiempo que dejó de serlo. O el placer, que se torna doloroso hasta que llega la insensibilidad.

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