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Las primeras gotas llegan temblorosas, tímidas, como si no quisieran asustar, pero poco a poco van cogiendo impulso y de repente una cortina de agua no me deja ver el paisaje desde mi ventana. Cuando en otoño llegan los días lluviosos, invitan a quedarse en casa y rememorar otros días de lluvia ya lejanos que en compañía de personas que ya no están veíamos el caer de la lluvia tras los cristales empañados del vaho de nuestro aliento en las mismas ventanas. Y de repente buscamos el álbum de fotos que permanece en un cajón guardado para volver a mirar las fotos amarillentas con los rostros de nuestros familiares ausentes en un extraño intento como de pedirles perdón por el tiempo que los hemos tenido olvidados.

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La lluvia refresca el paisaje y hace caer las flores de los jazmines que florecen en muchos rincones y jardines de Málaga arrastrando su fragancia por los parques y calles aportando un frescor que se agradece tras el caluroso verano. Ver llover tras los cristales nos deja ensimismados, semi adormecidos, hipersensibles, románticos...y deseamos tener alguien cerca para abrazarlo.

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Lo cierto es que las gotas de lluvia cuando caen producen un sonido que retumba en el corazón como queriendo acompañarlo en su palpitar... y es por eso que nos sentimos tan atraídos por el poder hipnótico de la lluvia al caer. Muchas veces queremos atrapar estos pequeños momentos emotivos pero se nos escapan por entre los dedos de nuestras manos temblorosas porque vivir es efímero, como los pétalos de los jazmines que adornan los parques de Málaga.

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