Cuando me llaman Señora me viene a la cabeza la famosa canción de Rocío Jurado. No sé si soy libre, pero sé que no me creo señora. Me miro al espejo y velo la juventud volando por debajo de mis pestañas, la veo envolverme el cuerpo como una ola que no me deja. Señoras son las viejas. Yo soy joven.

No me deprime que me llamen Señora. Me hace gracia. La Señora va maquillada, arreglada, chic. Esta Señora es mucha Señora como dice mi madre. Para ella siempre fui su Reina. La Reiniña. También fui la Reina de aquel amor mío nacido en Talavera de la Reina que un día me dijeron que había dicho adiós a la vida tras un accidente de coche en una carretera secundaria de la Comunidad Valenciana.

A mí que no me llamen Reina. Prefiero que me llamen Señora. Hoy me dijo Señora un adolescente que regresaba del botellón y de las discotecas que abren sus puertas del sábado al domingo. Primero me llamó chica y después me pidió perdón y me llamó Señora. Estuve a punto de decirle que sí, que soy la señora marquesa o alguien así.

Toda la verdad de la canción de Rocío Jurado se resume en que existo debajo de mis capas de maquillaje de todo a cien. También me dicen que soy libre como las palomas, como ese aire que esta mañana barre la Coruña calle por calle. Ahora nadie puede apartar ese Señora de mí.

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