te tropezarás con ella en la comarcal 508

La chica de la curva. Versión inédita de Susana Godino Acacio.

 

Eran ya las doce de la noche. Josefina y Juan Carlos, se metieron en su 205 rojo, dispuestos a coger la carretera comarcal hacia su casa. Juan Carlos pensó que cada vez que cenaban en casa de Marta (la hermana de Josefina) pasaba siempre lo mismo. A las dos hermanas, cotorreando sin cesar, siempre les daban las tantas.

La luna nueva teñía la noche con una oscuridad casi absoluta e iba a ser difícil la conducción.

Juan Carlos metió la llave en el contacto del coche y encendió el motor de arranque. Josefina y él esperaron sentados en sus respectivos asientos, hasta que el coche "se calentara" como solía decir Juan Carlos. Era un coche bastante viejo y hacía un frío invernal que calaba hasta los huesos. El hombre no estaba dispuesto a que el coche se le estropeara en mitad de la comarcal… o mejor dicho, en mitad de la nada.

Cuando el viejo 205, se hubo calentado lo suficiente, Juan Carlos quitó el freno de mano y se dirigió hacia la comarcal 508. Durante un rato, no se dijeron nada el uno al otro. La carretera estaba plagada de curvas cerradísimas que hacían imposible la conducción a más de 80 kilómetros por hora; para más inri, era noche cerrada. Josefina no quería distraer a su marido, y no habló cuando le pareció ver una sombra por entre la espesura del bosque que había a ambos lados de la carretera.

— ¡Va! que tontería... el bosque a veces juega malas pasadas— pensó. Comenzó a juguetear con las presintonías de la radio para distraerse un poco.

—Para ya, cariño ¿Quieres?... Me estás volviendo loco con tanto cambiar de emisora.

— ¡Es que me pone muy nerviosa la dichosa carretera esta! Además ya sabes lo poco que me gusta el bosque de noche. No soy capaz de acostumbrarme—. Había pasado ya más de un año desde que se mudaron de la capital al campo. Según Josefina, para estar más cerca de su hermana. Pero ella no se terminaba de acostumbrar al bosque por la noche. Veía figuras deformes, sombras y ruidos por todas partes.

— ¡mientras cotorreabas con Marta, no pensaste en la hora que era; ni tampoco en el miedo que te da el bosque de noche! ¿Verdad?— recriminó Juan Carlos. Él tenía razón y Josefina no respondió; se limitó a mirar por la ventanilla intentando no poner más nervioso a su marido, para no provocar un accidente.

De buenas a primeras Josefina vio algo en la carretera. Pasaron tan deprisa que no le dio tiempo a distinguir si era un animal o una persona. Josefina se quedó dudando unos instantes. Aquello le había parecido una chica haciendo autostop con un vestido rosa...

— ¡Juan, para el coche; hay una chica ahí atrás!

— ¿Qué dices, cariño...? ¡Ahí atrás no hay nadie!

—Sí. Hay una chica... ¡una chica haciendo autostop! Puede que tenga problemas... ¡Juan, da la vuelta, por favor!

Juan se acercó al arcén y dio la vuelta para cambiar de dirección. A pocos metros vio a la chica. Tendría unos veinte años aproximadamente. Su vestimenta era tan solo un finísimo vestido de gasa rosa y tirantes. Se hallaba en medio de la calzada con el dedo pulgar estirado. Juan sé paró en seco en el arcén, puso las luces de emergencia y bajó la ventanilla:

— ¿Podemos ayudarte?

—Necesito que me lleven hasta el pueblo—respondió ella con voz temblorosa.

— ¡Sube!— afirmó Juan Carlos haciendo un leve movimiento con la cabeza. La chica subió sin decir nada. Josefina se alegró de tener a alguien con quien poder charlar durante el viaje...

— ¿No tienes frío vestida así?—preguntó Josefina para entablar conversación. La muchacha no contestó. Se limitaba a mirar la carretera fijamente y totalmente ausente.

—Te han dejado tirada tus amigos ahí ¿Verdad?— Insistió nuevamente. Esta vez la chica susurró algo, pero ni Josefina ni Juan Carlos pudieron oírlo.

— ¿Qué?

— ¡La curva!

— ¿La curva?... ¿Qué curva?— preguntó Josefina.

— ¡La curva a la que nos aproximamos! ¡La del kilómetro 43!— gritó agarrándole del hombro a Juan Carlos—. ¡Reduce en la próxima curva!... La limitación está en sesenta y tú vas a ochenta y cinco kilómetros por hora.

—No pasa nada, mujer. No tengas tanto miedo. Yo conozco bien esta carretera; sé que puedo sobrepasarla a ochenta y cinco sin el más mínimo problema.

— ¡No! ¡¡Es a sesenta, no a ochenta y cinco!!

—Está bien. Si es tan importante para ti... haré lo qué me dices. Juan Carlos levantó el pie del acelerador y traspasó la curva a 55 kilómetros por hora.

Josefina giró la cabeza para mirar a la chica: —Ya estás más tran... ¡¡Juan, la chica no está!!

— ¿Qué?

—¡La chica ha desaparecido! ¡¡¡Mira!!!

En el asiento trasero del viejo 205 ya no había nadie. Juan Carlos dio la vuelta y la buscaron por los alrededores durante media hora; hasta que la idea de que se había podido tirar en marcha se desvaneció de sus pensamientos. Se metieron nuevamente en el coche para reanudar la marcha a casa. Se prometieron que nunca volverían a hablar de lo ocurrido aquella noche y no dijeron media palabra en todo el trayecto...

Unos meses después a Josefina se le heló la sangre esperando en la cola de la carnicería. Una señora abrió su monedero para pagar al carnicero y allí estaba la fotografía de la chica de aquella extraña noche; la chica de la curva de la comarcal 508.

Josefina le preguntó a la buena mujer quién era la chica de la fotografía; la respuesta casi le para el corazón: —Era mi hija ¿Sabe? Falleció el verano ante pasado. Venía con sus amigos de una discoteca, y ahí en la curva del kilómetro 43, la que marca a 60 ¿Sabe usted?... Volcó el coche por ir con exceso de velocidad. ¡Una tragedia! ¡Una autentica tragedia!— Sollozó la pobre mujer—. Dos de ellos se salvaron, pero mi hija y el piloto no tuvieron tanta suerte... No, no tuvieron ni pizca de suerte los pobrecitos.

Fin


No subas en tu coche a cualquiera

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