Desde hacía dieciocho años esa mujer estaba encorvada. ¿Qué podía ver? Nada más que sus pies y la tierra sobre la cual andaba. ¡Le era imposible levantar los ojos para mirar al cielo!

Este relato, como todos los del evangelio, tiene una enseñanza llena de símbolos e imágenes. Por experiencia sabemos que ciertas cargas pueden pesar mucho, y es normal que una persona que lleva un bulto sobre la espalda se incline hacia delante para guardar el equilibrio.

Quizás usted sea incapaz de desprenderse de sus preocupaciones cotidianas y se sienta aplastado por ellas. ¿De qué están ocupados sus pensamientos: de sus problemas personales, de preocupaciones familiares o profesionales? Dios le invita a descargarlos ante él y a levantar la cabeza hacia el cielo.

Desde hacía tantos años esa mujer estaba encorvada, pero Jesús la vio y la llamó. La liberó de su enfermedad; entonces ella pudo enderezarse y ver otro horizonte en la vida. Vio a Jesús, su propio entorno y el cielo… ¡Esto la llevó a glorificar a Dios!

Deje que el Señor Jesús hable a lo más profundo de su ser. Si por la fe usted le acepta como su Salvador personal, su vida será enteramente cambiada. Los problemas de esta vida ocuparán su justo lugar y Jesús levantará su mirada hacia las cosas celestiales.

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