Mi tiempo se va yendo.
Centro de angustia, relámpago de ansiedad.
Siento el peso de lo que no pudo ser.
Me quedaré sin el anhelado rostro de la belleza dulce.
Porque llega un momento en que vivir, también es capitular
(certeza inquebrantable aguijoneando agazapada tras nuestras fantásticas quimeras)
Destino de poeta triste
Condenado a nunca poder encontrar las palabras.
La palabra es la cifra,
La señal secreta que podría franquear el pasadizo.
Pero no pude encontrar el corazón del laberinto.
Ya el perfume se va evaporando,
Mientras los ecos de tu nombre ausente se tornan inaudibles.
Eterna belleza adolescente hecha para mi tristeza y mi condena.
Luz que se apaga.
Fuego tibio de ardores ya consumidos.
¿Qué me llevaré?
La magia plena del primer beso.
Tu nombre en la arena.
Tu sonrisa limpia.
Y, después, ese abismo del mar que me separa.
Desierto de la dicha que se me fui escurriendo,
Porque sí.
Novia única.
Hechizo luminoso hecho de amor.
Cuando se acerque el final sólo quisiera tenerte en mi mente.
Para sentir los destellos de tu esplenderosa magia.
Y así, despedirme.
Abrazado a tu imagen.
Para siempre.

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