Los rayos del sol disparándose contra una bandada de palomas. Una alfombra de verde césped silencioso. Una lápida con el nombre de un ser humano. Once pasos tristes y devotos. Oscuridad. Laura había visitado el cuerpo de su hermana. Laura había llorado la semana pasada. La hermana de Laura estaba pálida. Demasiado. Estuvo enferma durante un año. Demasiado. En veranos pasados Laura y su hermana reían sobre la playa. Las gaviotas a lo lejos eran disparadas por estivales rayos de un sol meridiano. Entonces la hermana de Laura cuyo nombre las letras se petrificaron en el tiempo, se desvaneció en la orilla. Una estela de arena la cubrió mientras las olas se revolcaban en el viento. Todos corrieron hacia ella. Entonces, solo entonces, nadie rió. Silencio. La hermana de Laura despertó en un hospital. Los médicos supieron la enfermedad luego de una semana. Tenía leucemia. Cuando regresó a casa estaba callada y se sentía muy sola. La hermana de Laura tenía muchos amigos antes de caer enferma. Pero nadie hubo a su alrededor y los días pasaron con lentitud. Una noche oscura Laura se despertó asustada. Su hermana sufrió un ataque de histeria y llanto. Luego cerró los ojos. La noche fue muda. Silencio. Laura lloró en los pasillos de aquel hospital. Su hermana estaba tan pálida como la nieve. Entró luego en la habitación. Al borde de la cama le contó una historia mientras sus ojos apenas la miraban. Tampoco podía ver. La luz le hacía daño. Laura corrió las cortinas y comenzó la historia. Oscuridad. Era la historia de una familia feliz. De dos hermanas con padres que las amaban y cuidaban. No. No era su historia. Ambas lloraron. Desconsuelo absoluto. Laura la llevó con su historia hacía donde la felicidad era más que un conjunto de placeres inmediatos. Le explicó que el mundo era una paradoja. Que la alegría era un llanto eterno que la mente engañaba. Que el miedo secaba el alma y salvaba el cuerpo. Que el amor era decir adiós y vivir en paz. Unas lágrimas cayéndose hasta mojar la cama. Sabía que las lágrimas son la sangre del alma. Sabía que hay cosas que no se eligen. Laura bebió las lágrimas saladas de su hermana con besos. No llores, le dijo. ¿No ves que la vida es una paradoja? La hermana de Laura dormía. Lo último que dijo fue que no quería morir. Laura contempló el atardecer desde allí. El sol se hundía y disparaba rayos rojizos y tenues. Las palomas se zambullían en aquel espectáculo. Laura observó a una de ellas caer sin razón alguna. Fulminada, perdida, olvidada. Oscuridad. Laura meditaba íngrima. Su vida cambió cuando su hermana se abatió en la arena. El sol se desprendió del cielo y todo fue oscuro. Una paloma había caído sin razón. La vida de la hermana de Laura se desvaneció silenciosamente como un sueño. Once pasos tristes y devotos. Una lápida con el nombre de un ser humano. Una alfombra de verde césped silencioso. Los rayos del sol disparándose contra una bandada de palomas. No llores Laura ¿No ves que la vida es una paradoja? Laura se hizo anciana sin razón. Con innumerables cabellos blancos. Murió a la semana siguiente luego de dar once pasos tristes y devotos, sobre un charco de lágrimas. ¿No ves que la vida es una paradoja?

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