Lo más increíble de estos imprecisos Reyes Magos es que, a pesar de su escasa base existencial

y su número tornadizo, existen sus reliquias corpóreas, que durante siglos se han contado

entre las más famosas de la cristiandad. Su rocambolesca historia es la siguiente. Como

siempre, fue la emperatriz Elena, madre del famoso Constantino y personaje al que se atribuye

el descubrimiento de casi cualquier reliquia que exista, quien dio con sus cuerpos en alguna

zona próxima a Palestina, trasladándolos a Constantinopla en el siglo IV. Eustorgio, obispo de

Milán, se encargó de llevarlas a esta última ciudad pocos siglos después, en un viaje cargado

de mágicas incidencias. Transportados en una carreta tirada por dos vacas, sufrió el feroz

ataque de un lobo que dio muerte a una de ellas, pero Eustorgio castigo al fiero cánido

obligándolo a uncirse al yugo para sustituir en el tiro a la vaca exterminada. Las reliquias

permanecieron olvidadas en Milán hasta que, en 1162, el emperador del Sacro Imperio

Romano Federico I, el famoso Barbarroja, conquistó la ciudad y su archicanciller, el arzobispo

de Colonia Reinaldo de Dassel, "redescubrió" las mismas en la iglesia de San Eustorgio. Como

corresponde a la tradición occidental, eran tres y se mantenían en tan buen estado que sus

cuerpos conservaban piel y cabellos.

El objetivo de Reinaldo de Dassel era llevarlos a su sede arzobispal de Colonia, y así lo hizo en

otro viaje preñado de aventuras que duró, según se dice, treinta días, y de cuyo itinerario dejo

constancia en una carta dirigida a su punto de destino. Según ésta, pasó por Turín y por

Moncenisio, y atravesó los territorios de Borgoña, Lorena y Renania. Por supuesto, otras

crónicas hablan de itinerarios distintos, pero el caso es que numerosas poblaciones de Italia,

Francia, Alemania y Suiza reclaman orgullosas el honor de haber dado cobijo y sustento a la

comitiva de las reliquias, y recuerdan el acontecimiento con lápidas conmemorativas y

albergues que se denominan "A los Tres Reyes", "A las Tres Coronas", "A la estrella", e incluso

"Al morito", refiriéndose a ese mago "negro" que describiera el "Pseudo Beda". Incluso quedó

un rastro de reliquias repartidas por las iglesias locales, como si el cortejo hubiese ido

regalando a su paso fragmentos de los tres Magos.

||LA MAGIA POST-MORTEM DE LOS REYES MAGOS||

Este despiece parece que no mermó en absoluto la cualidad milagrosa de los Reyes Magos, a

los que los fieles atribuyeron de inmediato un gran poder curativo. De algo tenía que servir el

que fueran magos. Con la experiencia de su viaje desde Oriente hasta Belén y tanta traslatio de

sus reliquias de un lado para otro, se convirtieron rápidamente en protectores de los viajeros,

como San Cristóbal, y a ellos se acudía en demanda de ayuda antes de emprender el camino.

Incluso se los consideró patronos del último viaje ya que, entre sus ofrendas, portaban mirra,

una resina utilizada en la momificación de los cadáveres y que simbolizaba la inmortalidad, de

manera que se les rezaba pidiendo una buena muerte. 

También se confeccionaban filacterias, breves textos escritos en papel con sus nombres y una

oración, que se llevaban como talismanes para librarse de las jaquecas, la epilepsia, las fiebres

y los hechizos. Estas filacterias se consideraban verdaderos objetos consagrados, ya que se

creía que habían estado en contacto con los cráneos de las veneradas reliquias. Pero tampoco

era imprescindible este necrófilo contacto pues, según un manuscrito del siglo XIII conservado

en París, para combatir la epilepsia bastaba con murmurar al oído del enfermo una jaculatoria

con el nombre de los tres Reyes Magos y de sus regalos. El poder profiláctico de estos

monarcas era tan grande que, en Alemania, llegado el día de la Epifanía, era costumbre escribir

con yeso las iníciales de sus nombres, "C+M+B", en la puerta de las casas para que sus

moradores quedaran protegidos contra demonios y sortilegios durante todo el año.

||LOS HIJOS DE MELCHOR, GASPAR Y BALTASAR||

Una leyenda tan exuberante en matices y diferencias no podía terminar así, sin más ni más, de

manera que el asunto siguió creciendo y los Reyes Magos tuvieron descendencia. Fueron

numerosas las familias europeas que, durante los siglos XIV a XVI, afirmaban descender de los

famosos monarcas, incorporando a sus insignias heráldicas algún símbolo que lo reflejaba. Es

el caso, por ejemplo, de los señores de Baux, linajudos nobles de la Provenza, que decían ser

descendientes del rey Balthasar y lucían un blasón rojo con una estrella de plata de dieciséis

puntas y estela de cometa.

Sin embargo, de todos los descendientes del mágico trío de monarcas, el más famoso fue, sin

duda, el Preste Juan, rey cristiano de un fabuloso reino situado en los enigmáticos confines de

Asia. La fantástica historia cuajo en el siglo XII cuando apareció una carta enviada por este

poderoso soberano al emperador de Constantinopla Manuele Comneno, aunque luego

surgieron otras misivas enviadas a Federico Barbarroja y al propio Papa Alejandro III. Al igual

que los Reyes Magos de quien descendía, el Preste Juan era un Rex et Sacerdos, es decir,

aunaba la autoridad espiritual y terrenal, y en sus cartas describía los seres maravillosos que

poblaban su reino, como el inigualable unicornio y el veloz sagitario "que tiene forma humana

de la cintura hacia arriba, y de caballo hacia abajo". ¿Leyenda? Quién sabe…

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