En los actos de magia practicados por grandes ilusionistas figura siempre el número de la joven suspendida en el aire, frente a una cortina negra, mientras el mago para un aro por su cuerpo para que vean todos que no hay truco. El público sabe que existe un truco, pero no sabe dónde está.

No sólo los santos pueden elevarse en el aire

Al igual que sucede con todos los cuerpos más pesados que el aire, los seres humanos son atraídos por la fuerza de la gravedad, como el hierro lo es por el imán. Aunque la ciencia moderna domina la energía nuclear y sabe enviar cohetes al espacio, ignora todavía en qué consiste exactamente la fuerza de la gravedad. Ha descubierto que esta fuerza es proporcional al cuadrado de las distancias y que ha podido ser medida la aceleración de los cuerpos cuando caen a la Tierra, pero ningún científico ha sabido aclarar por qué razón se manifiesta.

¿Existe alguna razón para que un objeto o una persona se liberen en algún momento del peso que los caracteriza? Ningún científico la conoce, pero los parapsicólogos opinan que en ciertos casos tal vez surge una contrafuerza, originada por un potencial eléctrico capaz de superar el peso de los objetos. Y este potencial tiene su sede en el cerebro y ocurre en circunstancias muy especiales, lo mismo entre los místicos católicos que entre las personas ajenas a la religión.

En la antigua India hubo hombres sabios y virtuosos que tuvieron ocasión de levitar. Así decía en el siglo III de nuestra era el filósofo griego Flavio Filostrato, al repetir las palabras de un amigo quien vio elevarse gente hasta la altura de dos codos por encima del suelo. No realizaban esta proeza para despertar la admiración del pueblo, sino para rendir homenaje a los dioses. Es decir, que realizaban la operación bajo la influencia de un fuerte éxtasis místico.

Esta propiedad de quedar suspendido en el aire la poseían los dioses y los héroes mitológicos de la India. En el Ramayana, uno de los textos clásicos orientales, la hermosa Damayanti tuvo ocasión de conocer a tres seres celestiales que permanecían en el aire, inmóviles. Así que, si en este texto y en otros de la India se menciona a los actos de levitación, ¿acaso no se debe a que era frecuente desafiar la gravedad y elevarse en el aire sin apoyarse en nada?

A lo largo de la historia han desfilado los casos de levitación en la India, que coinciden con un acusado ascetismo acompañado de absoluto ayuno. En 1951, un inglés llamado E.A. Smythies, que trabajaba al servicio del gobierno de Nepal como consejero, vio a un indígena elevarse medio metro del suelo. Estuvo en vilo unos segundos y cayó pesadamente. El fenómeno se repitió varias veces ante la mirada asombrada del inglés, quien supo más tarde que el joven nepalés realizaba el acto de levitación con relativa frecuencia, sin poder evitar que sucediese.

Un francés llamado Louis Jacquoliot que quiso conocer a los faquires hindúes presenció un día el acto de levitación realizado por cierto Novindassany, nativo de Trivanderan, en el extremo meridional de la India, quien estaba en Banarés, la ciudad sagrada. Hacía tres semanas que estaba Novindassany en Benarés, sumido todo el tiempo en un letargo místico, comiendo lo indispensable para no morir de inanición, cuando sucedió.

Pronunció unas extrañas palabras, apoyó una mano en un bastón y, sin apoyarse en otra cosa, se elevó lentamente, cruzadas las piernas, hasta detenerse a un metro del suelo. Descendió tan despacio como antes subió, saludó al francés y se retiró a descansar, pues había pasado las últimas veinticinco horas ayunando y orando. El francés fue a preguntarle por el secreto de aquella proeza, y Novindassany le contestó que era muy sencillo: bastaba con comunicarse todo el tiempo, por medio de la oración, con algún espíritu que descendía en aquellos momentos.

Casos de levitaciones mencionados en viejas crónicas

La obra Shen Hsien Chuan, escrita en China en el siglo IV de la era cristiana, describía el caso de Liu An, quien habiendo tomado cierto elixir elaborado por un monje taoísta echó a volar sin poder evitarlo. Dejó tirado el frasco en el suelo y, como apareciesen varios animales y lamiesen el líquido vertido, lo acompañaron en el vuelo. Otro caso que podría aparecer como imagen poética sería el protagonizado por un hombre en un antiguo relato Jataka. Introducía en su boca una piedra mágica que le confería la facultad de volar. Estos objetos capaces de realizar tales portentos abundan en las viejas leyendas. Los árabes decían que los constructores de la Gran Pirámide fueron unos sacerdotes que podían levantar bloques mediante la lectura de unos documentos sagrados que colocaban en los lugares oportunos. Y algo por el estilo se cuenta que sucedió en Stonehenge, en la isla de Pascua y en Zimbabwe.

Simón, llamado el Mago, podía elevarse en el aire, y así relataba el filósofo cristiano Sulpicio Severo, contemporáneo de Nerón. Una vez realizó su acto de levitación ante una enorme multitud con tan mala suerte que cayó de pronto y se quebró un fémur. El mismo Sulpicio Severo diría que vió una vez a un correligionario suyo volar, abierto de brazos, al contemplar las reliquias de San Martín.

A estos ejemplos de levitación habría que añadir los de Jámblico, filósofo neoplatónico que vivió en el siglo IV de nuestra era. Cuando le venía en gana sabía elevarse hasta media vara por encima del suelo. Y en la ceremonia de iniciación de Juliano el Apóstata a los misterios de Diana, en Efeso, uno de los presentes, el filósofo Máximo, levitó al mismo tiempo que otro espectador. También en este caso anduvo de por medio un acentuado éxtasis místico.

Se deduce de lo anterior que, en su mayor parte, los casos de levitación resultan de un estado místico acentuado. Y este éxtasis, que de alguna manera logra para el cuerpo superar el peso que lo ata al suelo, puede darse en cualquier persona, en ciertas circunstancias. No puede suceder en una persona muy bien alimentada apegada a los goces materiales, sino entre quienes llegan a liberarse, consciente o inconscientemente, de su envoltura material. Se produce este fenómeno entre los ascetas de la India, entre los santos católicos y también, a veces, entre algunos médiums sumamente sensitivos.

Más de doscientos santos en la historia

El profesor Olivier Leroy, de la Universidad de París, estudió las levitaciones atribuidas a diferentes santos y en su libro La Levitación expuso un total de doscientos cinco casos, ciento doce de los cuales correspondían a varones. Entre estos mencionaba a San Dunstan, arzobispo de Canterbury, quien voló el 17 de mayo de 988, día de la Ascensión, hasta el techo de su catedral. Medio siglo más tarde, San Esteban, rey de Hungría, sería levantado en vilo cuando rezaba en su celda, igual que otro santo húngaro, Ladislao (1041-095) cuando recitaba con místico fervor sus oraciones en la abadía de Warasdin.

También tuvo ocasión de levitar en varias ocasiones San Bernardo, abad de Clairvaux (1091-1153), así como Santo Domingo (1170-1221) cuando se encontraba en un monasterio de frailes benedictinos, rezando. Antes le sucedió lo mismo, encontrándose en la iglesia de San Sixto, en la ciudad de Roma. Oficiaba una misa cuando se elevó en el aire, ante el asombro de todos. En este caso, como en los otros estudiados por Leroy, hubo testigos dignos de crédito, como obispos y cardenales. A veces, los santos intentaban aferrase a sus sillas, mesas y a otras personas, pero no podían evitar lo que sucedía a continuación, sin tardar mucho.

Pero, de todos los casos conocidos de santos que levitaron, tal vez sean dos los más impresionantes. Uno de ellos el de Santa Teresa de Ávila. El otro lo protagonizó el beato José de Cupertino, quien vivió en la ciudad de Asis, la patria de San Francisco.

Había nacido en 1603, y a la edad de veinticinco años realizó su primer acto de levitación. Habían entrado a la iglesia unos pastores tocando gaitas y flautas, para celebrar el nacimiento de Jesús, de pronto, el joven sacerdote dejó escapar un suspiro y salió volando como un pájaro hasta alcanzar la parte superior del altar mayor.

A partir de entonces, sus vuelos, realizados en trance místico, fueron frecuentes. Una vez voló hasta lo alto de un árbol, donde permaneció media hora. Al abandonar el trance se asustó terriblemente. Tuvieron que bajarlo con ayuda de una escalera. El caso de José Cupertino lo presenció el embajador de España.

Un día, el religioso rezaba hincado en la iglesia. De pronto levantó la mirada, y al ver la estatua de la Virgen se emocionó tanto que se elevó unos metros, ante la sorpresa del diplomático. Se mantuvo pegado al techo varios minutos y descendió más tarde lentamente, como si fuera un planeador.

La inquisición lo mantuvo estrechamente vigilado, para descubrir si estaba en relaciones con Satanás, pero el propio papa Urbano VIII se ocuparía en declarar su inocencia a partir del día que presenció uno de sus vuelos. Y también declararía en favor de Cupertino el cirujano Francesco Pierpaoli, quien tuvo que curar una llaga en la pierna, por orden del doctor Giacomo Carosi.

De pronto, Cupertino puso los ojos en blanco, extendió los brazos y se elevó ligeramente. El cirujano se dio cuenta de que Cupertino parecía arrebatado por un éxtasis místico, ajeno a cuanto lo rodeaba. Permaneció en el aire hasta que llegó el padre Silvestre Evangelista, del monasterio de Ossimo. Sólo entonces, cuando el religioso le suplicó que bajara, comenzó Cupertino a descender.

La relación de santos que levitaron es larga

Entre los santos que figuran en la obra de Leroy habría que mencionar además a Pedro de Alcántara, a Santa Cristina la Admirable (1150-1224) quien, según afirman las viejas crónicas, se elevó en el aire cuando su cuerpo sin vida reposaba sobre un catafalco, y permaneció suspendida junto a la bóveda de la iglesia por espacio de varios minutos. A San Francisco de Asís (1186-1226) lo sorprendió alguna vez su discípulo, el fraile León, en actitud de éxtasis, un par de palmos sobre el suelo, a la entrada de la cueva que había escogido en santo varón como morada. También parece ser que volaron en alguna ocasión el bienaventurado Pedro Jeremías de Palermo, los santos Edmundo, Tomás de Aquino, Ambrosio de Siena y San Diego, así como las santas y bienaventuradas Isabel de Hungría, Dulcelinda, Inés de Bohemia, Margarita de Cortona, Inés de Monte Pulciano y Catalina de Siena.

Otros santos que también abandonaron la tierra en algún momento y permanecieron suspendidos a corta distancia del suelo, sin realizar grandes prodigios fueron Francisco de Paula, Francisco Javier, Tomás de Villanueva, Ignacio de Loyola y Luís Beltrán. Casi todos ellos vivieron en los países más católicos, como eran Italia y España, pero también conserva la historia casos sucedidos al otro lado del Atlántico. Al venerable Antonio Margil, franciscano que vivió en Guatemala y en la Nueva España en el siglo XVIII, se le atribuye una singular aventura que sería presenciada por el padre Jerónimo García.

Se había presentado éste en la capilla para llamar a la primera misa del día cando sintió una corriente de aire. Levantó la mirada y vio al padre Margil, los brazos abiertos, dando vueltas por la bóveda como un pájaro buscando la salida del lugar donde lo encerraron. En cuanto al caso muy especial de Teresa de Ávila, ella misma se ocuparía de reseñarlo en las memorias de su vida. Y su Acta Sanctorum se encargaría de confirmar sus numerosos vuelos, algunos de los cuales serían presenciados por el padre Bruno. La santa había sabido mantener en secreto sus habilidades. Sus compañeras del convento fueron discretas y jamás dijeron nada de lo que vieron, pero llegó el día en que todo se descubrió.

Durante una misa celebrada por el obispo Álvaro de Mendoza, las religiosas escuchaban detrás de un orificio abierto en un muro de la iglesia. El obispo descendió lentamente del altar, seguido por sus acólitos, para entregar la hostia a las monjas. En el momento de hincarse Teresa, iluminó su rostro una expresión de beatífica dicha. Siguió un grito de pánico al sentir que se elevaba sin poder evitarlo. Y mientras el obispo le tendía la hostia, la religiosa ascendió hasta perderse de vista. En el momento de perder contacto con la tierra, intentó resistirse, pero aceptó finalmente lo que muchos consideraban un milagro.

El hombre que levitaba cuando le venía en gana

En el cementerio de Saint-Germain-en-Laye, en las afueras de París, hay una tumba con una cruz de mármol blanco con esta inscripción: "Venid a Mí los cansados, porque os consolaré". En la parte inferior otra leyenda dice así: "Daniel Dunglas Home. Nacido a la vida terrestre cerca de Edimburgo el 20 de marzo de 1833. Nacido a la vida espiritual el 21 de junio de 1886. A otro corresponde distinguir los espíritus". En vida, este hombre había demostrado ser dueño de facultades increíbles, entre las cuales se contaba la de volar. Sus poderes paranormales los habría heredado de sus padres, y los tíos Colin y Mackenzie eran clarividentes. Era de suponer que el pequeño manifestase dones asombrosos desde la niñez.

A los cuatro años declaró a su madre un día que acababa de morir una prima. Al confirmarse la noticia; la señora Home sufrió un sobresalto. Vio que su hijo iba a ganarles a todos, así que aprovechó el ofrecimiento de una tía que viajaría a Estados Unidos para perderlo de vista por un tiempo.

A los trece años, Daniel entabló amistad con un tal Edwin. Convinieron en avisar al vivo el primero en morir. Una noche de junio de 1846, Daniel sintió la presencia de alguien en su cuarto. Era Edwin, que se presentaba rodeado por una aureola luminosa. La mañana siguiente, Daniel dijo a sus tíos que lo visitó el espíritu de su amigo. La confirmación de la muerte llegaría a los pocos días. Sería la primera de una serie de manifestaciones que iban a trastornar a los tíos. Eran golpes en las paredes, sillas y mesas que cambiaban de lugar, objetos que volaban. Los tíos no pudieron soportarlo. Estaban seguros de que andaba de por medio la mano del diablo, así que echaron a Daniel de la casa.

Inició entonces el muchacho una vida errante por todo el país. Se movían en su presencia los muebles más pesados, y el mismo Daniel se elevaba en el aire.

Y al cumplir 18 años conoció a Mrs. Hayden, médium conocida quien intuyó en Daniel facultades muy superiores a las normales conocidas. Lo animó a presentarse ante los médicos de la Universidad de Harvard. Los dejó confundidos. El siguiente año asistió al primer congreso de espiritismo, celebrado en la ciudad de Cleveland, y realizó por primera vez en público un acto de levitación controlada. Hizo además sonar las campanas a la distancia, tocó un acordeón sin poner las manos encima e hizo aparecer objetos que pasearon sobre los espectadores.

Regresó a Inglaterra en 1855, enfermo de tuberculosis, precedido por la fama de sus actos maravillosos. William Cox, dueño del hotel donde se hospedaba, era gran aficionado al ocultismo y al espiritismo. Organizó una sesión a la que invitó a Lord Brougham y a Sir David Brewster, físico bien conocido. Este último declararía más tarde a la prensa que vio elevarse una mesa y que una campana sonó sin tocarla nadie.

Maravilló a Napoleón III y a su esposa

En 1857, Home viajó por primera vez a París, invitado por el emperador. Napoleón III y por su esposa la española Eugenia de Montijo. Se encontró en el palacio con una muchedumbre, pero logró que Napoleón redujese la audiencia a un grupo de íntimos. Estos pudieron ver cómo Home levantaba una mesa sin tocarla y a continuación materializaba una mano que se apoderaba de un lápiz y escribía en un papel una palabra: Napoleón. Al examinar el emperador el papel vio que era la firma auténtica de Napoleón Bonaparte. Estaba entusiasmado con las maravillas realizadas por su invitado. Pero el ascendiente que tenía en escocés sobre Napoleón III fue también causa de grandes envidias y de su caída. Veraneaba la pareja imperial en la ciudad de Biarritz, en compañía de Home.

Organizaron una sesión, en el curso de la cual Eugenia sintió una mano suave y perfumada acariciar su rostro. Lanzó un grito. El barón de L"Isle, quien estaba a cargo de las luces, las encendió al instante. Se descubrió entonces que la mano fantasmal era en realidad el pié descalzo del médium paseando sobre el rostro de la emperatriz. Aunque Eugenia de Montijo declararía más tarde que Home no cometió ningún fraude, éste tuvo que abandonar Francia. Viajó a Italia. Estuvieron a punto de asesinarlo en Florencia, acusado de brujo que utilizaba los sacramentos de la Iglesia para obligar a los muertos a abandonar sus tumbas. A continuación, de regreso a Inglaterra, fue objeto de un proceso que dañó considerablemente su prestigio. En 1866, una tal Mrs. Lyon entró en contacto con su difunto esposo por conducto de Home.

El difunto aconsejó desde el más allá a la viuda legar su fortuna a Home. Hizo la anciana testamento a favor del médium y le entregó además treinta mil libras. Pero, como sintiera más tarde sospechas, acudió a la policía. El tribunal condenó a Home a devolver el dinero y lo mandó a la cárcel. Sin embargo, en el mes de diciembre de 1868 realizaría Daniel Dunglas Home una serie de experiencias inimaginables, ante varios distinguidos testigos, que le devolverían el prestigio perdido. Una de ellas fue tomar carbones encendidos de una chimenea y masticarlos como si fueran dulces. Las otras consistieron en actos de levitación que se convertirían a partir de entonces en clásicos de este discutido fenómeno.

Pasó volando por la ventana para regresar al rato

La primera sesión tuvo lugar el 13 de diciembre en la residencia Ashley, en Victoria Street. Uno de los testigos fue el insigne físico Sir William Crookes, quien vio a Home levantarse tres veces del suelo, y así lo escribiría en 1874 para la revista Quaterly Journal of Sciences. Lástima que este sabio, descubridor de los rayos catódicos y el metal tantalio, fuese a caer enamorado más tarde de un fantasma femenino llamado Katie King, lo cual invalidaría su testimonio en el caso Home. Algo parecido pasaría más tarde con Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, quien se interesó al final de su vida por el espiritismo y sería víctima de los muchos estafadores que pululan en este medio.

Otra sesión importante fue la celebrada la noche del 16 en la residencia de Lord Adare, sita en el número 5 de Buckingham Place. Acompañaban al aristócrata sus amigos Lord Lindsay y el capitán Charles Wynne. El escocés se sumió en profundo trande y por sus labios se expresó el alma de Adad Mencken, una actriz de teatro recién fallecida, muy íntima de Home y Lord Adare. Una silla se meció de pronto, y la concurrencia tuvo la sensación de que había penetrado en la habitación un ser invisible. Home comenzó a hablar con voz ronca y pidió a los testigos que siguiesen sentados, vieran lo que vieran. Se elevó entonces en el aire, lentamente, se dirigió a una ventana abierta y salió por ella, los pies por delante, pese a que la reunión se celebraba en el tercer piso del edificio. Los hombres corrieron a la ventana, a pesar de la prohibición, y vieron a Home golpear con los pies los cristales de una ventana del segundo piso, hasta que logró abrir y penetrar de nuevo en el edificio.

William Crookes diría de Home que poseía una misteriosa fuerza psíquica. Charles Darwin, que estaba de moda desde que lanzó su teoría del origen de las especies, se mostraría prudente al catalogar al médium. El antropólogo Francis Galton afirmaría que Home no era ningún charlatán, y de igual manera se expresaría del matemático Augustus Morgan. El gran novelista ruso León Tolstoi tuvo ocasión de ver uno de los actos de levitación de Home. Declaró que vio el momento preciso en que abandonaba la silla donde estuvo sentado y que lo agarró por los pies mientras flotaba allá arriba.

En cierta ocasión Home fue invitado a la corte francesa. Llegó la hora, pasó una hora más, y cuando comenzaban a perder la paciencia los espectadores, con el emperador a la cabeza, se presentó el médium. Pidió que mirasen todos sus relojes. Por medio de la sugestión colectiva, Home había logrado que los asistentes creyesen ver una hora que no era la correcta. Michael Faraday, descubridor de la introducción electromagnética, declararía después de asistir a una sesión dirigida por Home, que no era más que un hábil ilusionista. Esta opinión la compartiría el poeta Robert Browning.

Las personas que supieron de su predicción acerca del asesinato de Lincoln, pensarían distinto. En el verano de 1863, estando en la ciudad veraniega de Dieppe, Home consultó una bola de cristal por primera vez en su vida, a petición de un amigo. Vio un tremendo gentío y un hombre barbudo que era asesinado en un sillón.

Se trataba de Abraham Lincoln, dijo, quien moriría asesinado por un fanático antes de un año. Acertó en la muerte del Presidente norteamericano, pero se equivocó en un año. Lincoln murió asesinado el 16 de abril de 1865, después de que recibió la víspera un tiro encontrándose en el teatro Ford, de Washington.

Cuando a Daniel Douglas Home le preguntan por qué poseía aquellos dones tan extraordinarios, contestaba diciendo que si escaseaban los casos como el suyo era porque a los que habían sido como él en otros tiempos los quemaron en la hoguera, por brujos.

En su caso muy especial, Home poseía una delicada sensibilidad, exacerbada tal vez por el mal que lo llevaría a su tumba. Muchos médiums poseedores de facultades nada comunes han sufrido en su vida de enfermedades o golpes en la cabeza. ¿Son estos estados, que de alguna manera actúan en el cerebro, los que producen los fenómenos que a tantas personas han maravillado?

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