Las Apariencias engañan

Recordar la tragedia vivida por doña Cleotilde de Muñoz, es reconstruir el drama de otra victima atormentada por los tan siempre cuestionables convencionalismos sociales.

 Visiblemente afectada por el impacto, por que una señora tan atildada en su conducta como la conocíamos, que apurando el paso se limitaba a observarnos de reojo cuando por el parque del barrio, nuestro cuartel general, obligadamente pasaba. Cumpliendo con los quehaceres que su hogar le demandaba. Ir al mercado, pasar a la lavandería, volver a la zapatería, o dedicar los momentos de tregua en la iglesia o donde las damas del dispensario parroquial. Por eso nos asombro que de pronto un día cualquiera, al vernos en nuestra habitual desocupación, se detuviera para narrar sin recato su vida personal, dejando translucir la angustia que la embargaba, con unos soquetes del vecindario como lo éramos, comportamiento este que denotaba el intenso dolor, la confusión y la congoja de su espíritu en aquel instante.

Narraba doña Cleotilde que su amadísimo y ahora odiado José María para los extraños, para ella sin embargo su pepucho del alma, en días pasados la había abandonado, después de cuarenta y tres felices años de cristiano matrimonio. Largándose el sinvergüenza canalla así no más con una guaricha de la peor calaña, decía ella. Joven y trozuda morocha que su pepucho había conocido en el Maizal, popular restaurante en especial de platos típicos del recetario paisa, donde aquella exuberante y bien torneada criatura atendía como bisoña mesera. Fonda que durante muchos años funciono en chapinero en una antigua y señorial casaquinta, ahora degrada a mezquinos locales comerciales sobre la carrera 13 diagonal al teatro Aladino, el de la calle 60, calle de los almacenes de calzado, donde todas las señoras de la época encontraban el estilo y número del adecuado zapato que buscaban.

Lo doloroso de la traición era sumarle la actitud cobarde y proceder huidizo asumido por José María Muñoz Masmela, pensionado que desde joven se vinculo al mundo laboral de los seguros, en particular lo tocante a pólizas de vida, su especialidad.

De contextura alta y espigada, su figura se hacia notoria por el tic que lo caracterizaba, visible defecto al mover sistemáticamente de forma involuntaria, como todo reflejo, su inclinada y calva nuca, reaccionando como si de repente sintiera caer una gota de agua helada al interior del oído, haciéndola girar bruscamente sobre su hombro izquierdo, movimiento de tanto en tanto repetitivo, que dependiendo del estado anímico de José María se relajaba o aceleraba, según la ocasión y lugar.

Matrimonio aquel sin hijos, que siempre veíamos pasar invariablemente tomados de la mano, notándose el contraste de sus humanidades. El largo y delgado como anotamos, bajita y rechoncha ella, presurosos se dirigían rumbo a la iglesia de Santa Teresita, para asistir puntuales a misa de doce del día, oficiada siempre por el Padre Miranda, Sacerdote español muy estimado en su comunidad. Acto litúrgico donde se congregaba lo más granado y selecto del vecindario. Terminada la ceremonia dominical se detenían en la aglomerada cigarrería Milán, cuando la tarde anterior era el lugar que servia de selladero a los aficionados en el tiempo que elaboraban sus formularios del 5y6, donde José María estudiara la programación hípica, diversión muy arraigada en él y en los capitalinos, sin prescindir de anotar como ganador absoluto para la carrera central del compromiso del hipódromo de techo, a triguero asombroso potro triple ganador del Derby Criollo. Ese medio día festivo la cigarrería se llenaba de parroquianos que deseaban saborear antes del almuerzo las cremosas y famosas paletas de mora o chocolate con leche que allí vendían.

Nos contaba aquella piadosa señora al atento grupo que rodeándola se había formado en una esquina del parque, que tres días atrás al llegar del mercado cargada de bolsas, extenuada por el trajín, para reponer sus fuerzas se había tendido por un momento sobre el terciopelado cubrelecho de la cama doble, mobiliario aquel que solo serbia como sitio de meditación y descanso a la pareja, según su opinión. Al rato de estar recostada en los mullidos cojines que engalanaban la tallada cabecera nupcial, observando ensimismada con devoción el enorme cuadro del sagrado corazón que cubría una de las paredes de la habitación, noto una inusual esquela que sobresalía encima del tejido faldón de croché que de forma decorativa cubría el televisor Philips de 18”, emblemáticos aparatos financiados por el banco popular cuando la televisión Estatal, la del Excelentísimo, recién se iniciara en la década del cincuenta (época donde solícitos en la inocencia de la infancia firmes y circunspectos formábamos frente al TV, con toda la primamenta, por perentoria orden de mi Coronel, militar tropero esposo de la Tía Lola para escuchar solemnes las notas del himno nacional y observar estáticos la esperpenta y ególatra figura que cubría la pantalla, del autócrata dueño y señor de la República, al iniciarse la diaria programación oficial. ¡Oh gloria inmarcesible!).

Carta dejada inclinada a propósito al lado del jarrón de flores artificiales que sobre el faldón coronaba el centro del televisor. Florero apreciado por ser un cariñoso detalle recibido para su cumpleaños por las compañeras del dispensario.

Al empezar a leer aquella comunicación no entendió su significado, al comprenderlo sintió una desazón visceral que le recorrió el cuerpo. Teniéndose que sentar ante el desfallecimiento en la butaca de felpa del tocador apoyando sus manos sobre este mueble generalmente desprovisto de cosméticos, para contrarrestar el vértigo que experimentaba. Dirigiéndose cuando pudo al armario de Pepucho comprobó su ausencia, la ropa y pertenencias ya no estaban, solo en uno de los desolados y vacíos cajones habían quedado quizás a propósito el rosario y el relicario individual, que rodaron sin control por el fondo de la gaveta al ser abierta intempestivamente y con desesperación por doña Cleotilde.

En pocas líneas José María se despedía para siempre, se disculpaba por no darle la amarga noticia de forma personal, pidiéndole el favor que intentara comprenderlo, por que él mismo no entendía su disoluto proceder ante la atracción y goce carnal para algunos diabólico e irracional que le producía la voluptuosidad irreverente de aquella joven provinciana. Factible pensar que este pobre feligrés conoció tarde la pasión, como le ha sucedido a tanto siervo.

Llorando inconteniblemente, con el rostro desencajado aquella ofendida matrona tomo de la jarra esmaltada un poco de agua hervida, acercándose al altar que en un rincón de la habitación había conformado tan piadosamente con su marido. Temblorosa acerco el mechero prendiendo los cirios que iluminaron la sagrada y bendecida imagen, apretando en sus manos con fuerza el rosario empezó a orar, como lo hiciera antes de acostarse todas las noches en compañía de su pepucho. Cuando en sus acompasadas letanías enfundados en sus camisones de dormir los dos se unían en un continuo susurro comprensible solo por ellos.

De repente suspendió el monologo que traía, luego de un prolongado silencio nos miro con extrañeza, como cuando se despierta súbitamente y no se reconoce ni comprende el lugar donde se esta, posiblemente sintiendo la cruda realidad de su vida destrozada, sin más, lentamente arrastrando la cartera se alejo.

Volvimos a saber de doña Cleotilde al poco tiempo, el día que definitivamente la vimos mudarse del barrio. Nunca supimos de la suerte corrida por esta expareja matrimonial quienes aparentemente y por largos años se vieron tan armoniosos, definitivamente las apariencias engañan o cambian.

Cuando el camión del trasteo partió, del bote de basura dejado en el andén, sobresalía un cuadro mediano abandonado apropósito con la foto retocada de algún recordado aniversario de doña Cleotilde y José María muy juntitos y sonrientes como la última evidencia de una malograda unión, no cumpliéndose el mandato religioso que sentencia “Hasta que la muerte los separe”. Que era lo que hubiese anhelado aquella respetable matrona, poder firmar con orgullo al final de sus años como doña Cleotilde Parada Vda. de Muñoz, para no contravenir los preceptos cristianos que lo ordenan, habitual y sistemáticamente desde el pulpito o el confesionario a todas aquellas amaestradas criaturas .

 

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