Estos hábiles brazos, condenados a la madera por el filo punzante del hierro, se desgarran lentamente sin la condena que merecen los transgresores que –mofándose- me miran y escarnecen. El castigo de millones de faltas aumenta el peso que recae sobre el dolor de este cuerpo lacerado, en el que hace poco moraba el Espíritu Santificado en la verdad Divina. ¡Vano es todo esfuerzo hecho para equilibrarme en la balanza de estos brazos! No hay alivio en el puñal que tengo clavado en el metatarso de los pies, haciendo por contrapeso.

Ya no tengo fuerzas para disimular mis lágrimas... Este dolor no lo conocía. No hallo consuelo en parte alguna de lo que me queda por humanidad y esta espalda herida, tantas veces flagelada sobre lo desgarrado, percibe la incómoda sensación de las costras apretándose contra el madero; mientras el sol sigue inclemente, maltratando el exudado sangriento de lo que resta de mi rostro, haciendo un cruel estiramiento sobre trozos de la piel de mis pómulos.

-¡Eloi! ¡Eloí! (Marcos 15:34)

He aquí tropiezos en mi llanto. No hallo el curso de mis cuencas, ni siento ya el ardor de mi cara zaherida, brutalmente golpeada y escupida. ¡Estoy a mitad de morir!

¡Helos allí!

Casi no puedo verlos, aunque escucho sus insultos y gritos. ¿Por qué escarnecen? ¿Por quién serán sus burlas? Quebrantan mi corazón … (Salmos 69:20)

-¿Lama Sabactani?

Exhalo el aliento. Poco retuve con esta dificultad que hallo en respirar. Al instante, por toneladas de pecado, padecí sofocación y un terrible desgarramiento, aunque todavía cuento mis huesos.

Lo que parece ser mi piel, se deshizo de arriba hacia abajo. Me estremecí con un hórrido espasmo y desmayé ras decir: “Consumado es” (Marcos 15:37-38)

-¡En tus manos encomiendo mi Espíritu! (Lucas 23:46)

Luego de gritar, un respiro me dejó sin alma, sin aliento. La oscuridad me asió y cautivó mi cuerpo hasta el calor del abismo, mismo que no conocía.

No sean avergonzados –por mi causa- los que en ti confían, Señor. ¡Mi Dios!

Llegué y anuncié a los cautivos, a los que te fueron desobedientes, y fui sacado de la negra brea que los envolvía en fuego, mas no fui sumergido con ellos, pues, anhelaba fervientemente volver a los atrios del Dios Vivo y, con toda mi alma, ansié adorar y cantar al Dios cuyo Espíritu es mi sustento y razón.

-“¡Sé propicio a mí!”, dije, y perdonaste la iniquidad de los pueblos por mi causa.

¡Me tomaste! ¡Me sacaste! Y salí de esa celda oscura y me exaltaste hasta tu presencia. Me diste un lugar a tu diestra, sentándome en un trono a tu lado, bajo la promesa de que humillarás a mis enemigos, y los pondrás por estrado a mis pies. (Salmo 110:1).

 

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