Amar demasiado, mucho, poco o nada.

¿Hay una escala para el amor? ¿Cómo saber en qué nivel se ubican nuestros sentimientos? La respuesta no es clara. El amor es un sentimiento demasiado complejo y se necesita más tiempo del que dura la vida humana para entenderlo cabalmente.

El amor no es solo pasión, ilusión, romance, involucra también alguna dosis de egoísmo, narcisismo, mezquindad y hasta soberbia. Por eso, con mucha facilidad podemos pasar del amor desinteresado y sublime, capaz de sacrificarlo todo por el bien de la persona amada, al amor posesivo y mezquino, dispuesto a acaparar el tiempo, la atención y hasta las miradas de quien hace latir nuestro corazón desaforadamente. Amar podría ser la experiencia más hermosa de la vida si no estuviese de por medio la necesidad de ser correspondido.

Quien ama no se conforma con amar, exige ser amado, y ante la duda o la sospecha de una retribución escasa o muy pobre, las perspectivas cambian. Así, el lado oscuro y triste del amor surge en cuanto aparecen las dudas, la desconfianza y los celos, conduciendo a veces al deseo enfermizo de controlar los actos y hasta los pensamientos de la persona amada. Cuando el amor se contamina comienza el sufrimiento, y eso es algo que puede ocurrir a cualquier edad.

Amores tormentosos como el de Heathcliff y Catalina, descrito por Emily Bronte en “Cumbres borrascosas”, o el de Scarlett y Ashley en “Lo que el viento se llevó”, no se limitan a la fantasía literaria; la pasión, el egoísmo, el orgullo inquebrantable perviven en el mundo real, solo cambian las circunstancias, y son causa de atroces decisiones y enorme sufrimiento en la vida de parejas que, de otro modo, podrían ser inmensamente felices.

No es fácil hallar la cura cuando sucede; los caprichos hacen daño a quien se enreda en ellos y a quien sufre sus consecuencias. Puedo asegurar que muchas separaciones tienen lugar a causa del orgullo herido o de un capricho imposible de medir objetivamente y, sobre todo, por la incapacidad de perdonar una falla.

Por mi parte, he amado a la misma persona por casi treinta años, siempre de un modo distinto y constantemente renovado, por eso les digo que, a pesar de los sinsabores, los tropiezos y los sufrimientos que encierra el amar demasiado (si acaso existe la escala que mencioné al principio), amar vale la pena. No hay nada como estar enamorado para hallar un sentido pleno y auténtico a nuestra vida.

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