- ¡Aquiles alcanzará la tortuga! – dijo mientras señalaba a lo lejos una forma similar a la de este animal – Sin duda, un ser tan lento no puede imponerse a la grandeza del hijo de Tetis y Peleo.

El día estaba claro, como cualquier día veraniego en las planicies del Peloponeso. Sin lluvia, sin sombra; un manto verde se imponía como respuesta a los inclementes ataques del sol, y en medio de aquella llanura, dos jóvenes discutían, exaltados, la aporía protagonizada por Aquiles y una tortuga.

- Te equivocas, mi amigo. Esa tortuga que vemos allí, en efecto, se mueve. Lento pero se mueve. El movimiento no depende de la velocidad, y bien lo sabes.

- ¿Pero qué tiene que ver la velocidad aquí? Sin movimiento no hay velocidad. ¿O acaso, en todo este tiempo que llevamos aquí sentados, has visto que la tortuga se mueva?

- Lento, pero se mueve.

La génesis de la discusión no era del todo clara. Simplemente surgió cuando los dos jóvenes, al dar un paseo por aquel paraje, vieron una silueta a cierta distancia, la cual se asemejaba a una tortuga, y que por los efectos ambiciosos de la memoria, les recordó las teorías de sus maestros. Ahora, accidentalmente, la tradición eleata se enfrentaba a sus detractores, en una lucha de argumentos cada vez más irrisoria y que amenazaba con convertir a las palabras en moretones.

- ¡Qué no! ¡Qué no existe el tal movimiento! Todo está quieto y es ilusión…

- Suenas como tu maestro. De hecho, eres igual de terco. ¿Ilusión? ¿Entonces cómo explicas que estemos aquí? – Acto seguido se levantó y dio vueltas a su alrededor - ¿O cómo explicas que no me esté moviendo cuando en realidad lo estoy?

- No puedes no estar moviéndote y moverte a la vez. Es ilógico. Además, siéntate, que estábamos discutiendo sobre la tortuga…

- Pero dale. Qué ya se ha movido, pero eres tan terco que no lo entiendes. Hasta un perro puede entenderlo. Hasta una mujer puede entenderlo.

- No me trates de idiota, que más idiota es el que cree que existe lo que no es.

- Sólo escúchate, eleata. No tienes coherencia en nada de lo que dices. Razón tenían al decirme que tu compañía era digna de menosprecio.

El sol calentaba, y con él la temperatura de la discusión. Un par de palabras más, y el asunto del movimiento encontró su final en una serie de golpes que, irónicamente, iban y venían sobre rostros iracundos que dibujaban un enojo absoluto por un asunto del pensamiento. El asunto pudo ser peor de no haber pasado por allí un anciano, quien, al ver la trifulca y escuchar una buena parte de los improperios, camino lentamente hacia ellos.

- En nombre de Zeus, ¿qué pasa aquí? ¿Por qué os peleáis?

- Porque éste dice que el movimiento no existe y yo afirmo lo contrario.

- ¿Y por qué afirmáis tales cosas?

- Por aquella tortuga. Ella inició todo.

- Yo no veo tal cosa.

- ¿No ve usted aquella silueta a lo lejos?

- Sí, sí la veo. Pero, ¿cómo sabéis que es una tortuga?

Ambos jóvenes se miraron con extrañeza. Los puños se disolvieron en ademanes de duda y la palabra se infectó de incertidumbre. Un poco sonrojados convinieron en que no sabían si era una tortuga o no, y más sonrojados aún vieron cómo su supuesto animal, víctima de conjeturas y retórica saturada de sinapsis, no era más que una simple piedra que, en su quietud, parecía burlarse de un episodio tan común, un espectáculo tan recurrente y tan incontable, que él y los números parecían siameses unidos por un mismo lazo: el hombre.

Al mediodía, en la llanura del Peloponeso, dos jóvenes convinieron, con silencio y con rubor, que la razón humana no es tan sensata como parece. Así lo atestiguó el día, el anciano y una roca, que de protagonista pasó a representación de la insignificancia, mientras descansaba detrás de los telones, a la espera, no muy larga, de su próxima actuación.

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: