Erdosain entraba al otro dormitorio, zumbándole los oídos y con una niebla girante en las pupilas. Luego se recostaba en el lecho barnizado de color de hígado, encima de las mantas sucias por los botines, que protegían la colcha. Súbitamente sentía deseos de llorar, de preguntarle a esa horrible morcona qué cosa era el amor, el angélico amor que los coros celestiales cantaban al pie del trono de Dios vivo, pero la angustia le taponaba la laringe mientras que de repugnancia el estómago se le cerraba como un puño (…) Y entonces, asqueado de sí mismo, saltaba del lecho, le entregaba el dinero a la prostituta, y sin haberla usado huía hacia otro infierno (…)
Roberto Arlt, Los siete locos.


“El alemán” avanzaba con paso firme en el alba otoñal.

Sus botas negras dejaban las huellas sobre el barro de la calle huérfana de Pompeya.

A lo lejos se escuchaba el canto del gallo matinal.

La sombra del “alemán” se dibujaba pesada frente a sus ojos bien abiertos.

Su paso era firme, como el de alguien que sabe que asiste a un duelo con su destino.

Antes de llegar a la esquina se metió en la vieja casita donde el farol rojo aún ofrecía sus destellos de luz. Hacía frío.

Ingresó por el largo pasillo. Hacia el fondo pudo ver los fragmentos de la estatua del ángel esparcidos por el piso. El alemán sintió una pena hueca que brotaba de tiempos muy antiguos.

Abrió la puerta y esperó a la mujer. Juana apareció vestida apenas por su deshilachada ropa interior. Podría haber tenido 35 años, pero su rostro ya había sido tocado por la mueca de la amargura.

Sin pronunciar palabra, Juana abrió la puerta de la pieza. “El alemán” la siguió.

Sobre el suelo había una palangana verde que olía a desinfectante.

Juana comenzó a desnudar su cuerpo gordo ya salpicado por las crudezas del tiempo.

“El alemán” miraba tenso. Su rostro evidenciaba una angustia sórdida.

Antes que la mujer terminara su rito, “el alemán” sacó de su bolsillo un billete de mil pesos, de esos que tenían una fragata.

Y en ese momento la ventana se abrió como empujada por un viento fantasmal.

El billete dibujó varias inasibles figuras sobre el aire, antes de caer en seco sobre el agua de la palangana.

Un chisporroteo emanado como desde la nada encendió el billete.

Juana y “el alemán” asistieron así al extraño espectáculo del billete convertido en cenizas.

Entonces “el alemán” pegó la vuelta y comenzó a correr hacia la calle.

Al ingresar al pasillo vio la estatua del ángel ahora firma e inmaculada.

Siguió corriendo hasta alcanzar la altura del farol rojo, que ya estaba apagado.

“El alemán” comenzó a caminar por la calle de tierra.

Su paso era ahora más liviano.

El ya no veía su sombra, que se dibujaba tenue detrás de su cuerpo.

Una brisa cálida acompañaba su tranquilo paso.

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