Se empiezan a oír tambores de guerra. El descontento, la sensación de abandono y desamparo, y la trágica realidad que nos martiriza todos los días están provocando, al fin, una reacción en el pueblo español, libre de pensamiento y expresión, y soberano en sus decisiones. La gente, anónima hasta el momento, comienza a salir de la oscuridad al sentirse acompañada en su desesperación, al saber que su enojo y enfado son compartidos por una gran mayoría. Hastiados, asqueados ante la infame clase política que maneja las riendas del estado, aflora la indignación en todo momento. No hay actividad cotidiana en la que la simple mención del político de turno no provoque ira y repulsa.

Estamos de acuerdo; los que tenemos arriba, desgobernando, no valen para esto y su fracaso provoca nuestro empobrecimiento, aunque la economía de ellos no se vea afectada gracias a sus excepcionales privilegios. Los que vienen detrás tampoco inspiran confianza, su credibilidad es muy débil, y también se benefician de dichas prebendas. Los unos y los otros oscilan en consideración entre incapaces y corruptos; son, en definitiva, excedentes, estorbos sin utilidad que frenan nuestro progreso. Se oyen palabras como manifestación, huelga y revolución, términos que parecían enterrados por nuestra pasividad y cobardía, pero que inician su resurrección alterando, y ya era hora, nuestros sentidos. El  mensaje es claro y tajante; sobran. Han tenido su oportunidad para gobernar y para ejercer una oposición positiva, pero no han sabido hacer ni lo uno ni lo otro. Son la auténtica generación Ni-ni de impresentables que nos está amargando la existencia. Deben cogerse de la mano y salir corriendo a esconderse en las cuevas de las que quizás no deberíamos haber permitido que salieran. Sería la única forma de tranquilizar las cosas.

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