Un herrero había muerto y su esposa había quedado sola con una niña minusválida a su cargo. A causa de los cuidados que la niña necesitaba, la viuda no podía ir a trabajar fuera de casa y subsistía con mucha dificultad. Tuvo que vender pieza tras pieza todas las herramientas de su marido. En un rincón del patio sólo quedaba una vieja piedra de afilar, pues había sido tan utilizada que nadie la quería.

Los recursos se habían agotado. Una noche ya no le quedaba nada para la comida del día siguiente. La viuda era creyente y su fe fue sometida a dura prueba. Tomó la Biblia y como de costumbre hizo la lectura a su hija. Las palabras que el diablo dirigió a Jesús le llamaron la atención: “Si eres Hijo de Dios, dí a esta piedra que se convierta en pan” (Lucas 4:3).

–Mamá, preguntó la niña, ¿Dios habría podido hacer pan con esta piedra para dar de comer al Señor Jesús que tenía hambre?

–Seguramente, querida, y él puede hacer lo mismo por nosotras.

Al día siguiente un granjero de la vecindad llamó a la puerta y preguntó sin preámbulo: –¿Es verdad que usted tiene una vieja piedra de afilar para vender?

–Sí, por supuesto, contestó la viuda. Y sin darle explicaciones, el hombre le entregó una suma de dinero muy superior a lo que la mujer habría podido imaginar. Con lágrimas de alegría y agradecimiento al Señor, madre e hija vieron cómo se alejaba el granjero con la piedra de afilar.

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