Había olvidado por completo su existencia. El tiempo y las desventuras propiciaron el alejamiento. Me siento mal por haber actuado así. Un verdadero hincha no hace eso. Más bien, siempre está pendiente del equipo en las buenas y en las malas. Por eso, estoy arrepentido. Aunque, al mismo tiempo, emocionado.

Escucharlos cantar en la Bombonera es realmente un placer. Motiva a quien sea, Al menos a mí, que soy un apasionado del fútbol y de lo que se vive en las barras, ya me empiló. Son las dos de la madrugada y no paro de checar el video una y otra vez.

Estar en la popular es algo genial. Indescriptible, diría yo. Por ello, al verlos saltando en la tercera bandeja de La Boca, inconcientemente termino agitando los brazos y coreando cada una de sus canciones. Al final, todo lo dicho se resume en una frase. Nueva Chicago es Mataderos. O quizás, también podría decirse al revés. Mataderos es Nueva Chicago. La ecuación es simple. Aquí el orden de los factores no altera el producto. La pasión por el Torito es la misma, sin importar, que esté en Primera, en la B o en el Metropolitano.

En la actualidad Chicago anda mal. Deambula a mitad de tabla y el ascenso es imposible, porque el puntero está a veintiún puntos. Pero, ¿a quién le importa eso? A su gente, le va y le viene la posición que ocupe en el torneo. Esa banda alienta sin parar, a pesar del tiempo y los descensos. Para ellos, el amor por los colores verde y negro es indestructible, al igual que su fe por volver algún día a Primera.

Hasta el día de hoy, recuerdo aquella escena como si fuera ayer. A mi parecer es una de las mejores postales de lo que significa el cariño hacia una camiseta. Es más, gracias a ella, me volví hincha de Chicago. Por eso, vale la pena contarla, evitando que caiga en las garras del olvido.

Tres de agosto del 2003. Primera fecha del Apertura. El Torito jugaba contra River y el cero a cero seguía inamovible al concluir el primer tiempo. Para ese momento, la lluvia se había desatado y la cancha era un potrero. Hasta allí, nada fuera de lo común. De pronto, cuando nadie lo esperaba, sucedió lo impensado. Un centro llegó al área millonaria y la estirpe del goleador apareció una vez más. Tilger, el nueve del equipo, conectó el balón y listo. A cobrar.

Tras el gol, la locura se desató en la “popu” visitante. El delirio era total y justificado. Chicago le ganaba al último campeón y lo hacía jugando con presencia. No obstante, lo que me dejó boquiabierto fue la imagen captada por la TV en medio de la celebración. Aunque parezca poco creíble para muchos, una pequeña Virgencita también seguía al Torito de Mataderos. Ella, pequeña e indefensa, estaba protegida por una cámara de vidrio y era sujetada por un fana que la mostraba a la cámara. Lo más bizarro de la situación fue ver su vestimenta. !!!Tenía los colores y el escudo de Chicago!!!

El tiempo ha transcurrido y el fútbol argentino sigue siendo adictivo en cualquier cancha. Lamentablemente, mi hinchaje por Chicago anduvo un tiempo olvidado, pero por suerte, nunca es tarde para recapacitar. Ahora, luego de ver el video en La Boca y de evocar la anécdota en el Monumental, puedo decir a mucha honra. Soy hincha de Nueva Chicago, el único equipo en el mundo que cuenta con el apoyo de su gente y de la gloriosa de Mataderos.

 

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