La reina de Sabá había oído hablar de la grandeza de Salomón, el hijo de David, y no temió hacer un largo y agobiante viaje para ver toda su gloria con sus propios ojos. ¡Y qué sorpresa! ¡La realidad superaba notablemente lo que se le había dicho!

Si usted ha leído regularmente este blog durante el curso de este año que ya termina, habrá notado que a menudo se le ha mostrado a Jesucristo, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. En la mayoría de las entradas, de una u otra manera ha podido leer algo de la gloriosa persona del Señor Jesucristo. Pero no basta oír el mensaje. Si la reina de Sabá se hubiese quedado en casa, nunca se habría enterado de toda la sabiduría de Salomón. Sólo cuando lo conoció personalmente, halló una respuesta a los enigmas que le preocupaban.

Se puede predicar claramente el Evangelio y presentar la obra de salvación del Cordero de Dios y las riquezas en Cristo. Pero, ¿de qué sirven si cada uno no decide de corazón acercarse al Señor y se deja convencer por la verdad de la Palabra de Dios?

En el momento en que un ser humano confiesa sus pecados al Señor Jesús, quien murió en la cruz por él, y lo acepta como su salvador, Él le da las inmensas riquezas de su tesoro: la vida eterna, el perdón de los pecados, paz y gozo para la vida presente y gloria para el eterno porvenir.

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