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La Maestra, Cuento

Era ese primer día que mis aprensiones advertían. Los útiles escolares perdieron el color que mis parientes le pintaban, pues, en cosa de instantes, me dejarían -por allí- botado, para luego revolcarme en una pelea entre niños. No recuerdo cuán temprano me sacaron de la cama. Sus palabras de “ánimo” parecíanme las mentiras de aquellas inyecciones que no me dolerían…

-¡Será lindo, Nené! Jugarás con muchos niños y te harás poco a poco más grande –Me decían.

Pero yo no quería salir de mi mundo y no deseaba conocer “amiguitos”… ¡Estaba tan contento con el cuido maternal de mi abuela!

-¡Nené! –dijo mi padre- ¡Ya no llores! (Los hombres no lloran). Es por tu bien que debes ir a la escuela.

¿Qué otro bien que los míos? ¿Qué otra escuela que mi vida hogareña? Me llevaron a rastras. No recuerdo mi dolor ni quien me tiró en esa jaula de monos con olor a lápices de color, pegamento y extrañas gentes. No sé qué fue lo que hizo la anciana dama para convencer a los míos para que se fueran –y me dejaran-, pero me sentí tan solo y abandonado, que conocí esa miseria, desde muy temprano.

No recuerdo si hubo un brazo, allegándose para abrazarme. No recuerdo un rostro, con una sonrisa sincera, que mostrara su comprensión o su cariño; sólo recuerdo de esa anciana –y sus ojos profundos- las palabras que despidieron a los míos, augurando penas de su segura prepotencia, como si tuviera el control de mi vida.

-¿Cuál es tu nombre? –me dijo.

No sé si respondí, ni si sacó palabra alguna de mi boca, sólo sé que terminé revolcándome entre niños, con ese sentir de la intrascendencia…

-¿Te gustó tu primer día de escuela?

Muchas fueron sus preguntas ¡ignoro qué les dije!, solamente sé que me bastó correr al regazo de mi abuela, para hallar mi refugio (¡hasta que llegó el siguiente día!).

¡Buenos días, niños! –dijo aquella extraña, que un par de veces había visto en la puerta principal- Hoy no tendrán clases con la maestra María, pues, ha tenido inconvenientes de salud. En su lugar, les presento a la maestra Karla, quien será su maestra suplente, hasta que la maestra María vuelva.

Acto seguido, la joven maestra medió un par de palabras que la presentaron y –a mi juicio- era como quitar todo el tejado rojo del techo y dejar entrar toda la luz de aquella mañana. Su encanto (cosa que no conocía) no lo supe memorizar en mi tierna mente, para describirlo; sólo sé que su presencia e impacto ha vuelto a mi vida, a consecuencia de una Luna…

Toda esa mañana discurrió suave y lentamente. Admiraba su cabello largo y aquella gracia con la que miraba a “sus” niños, y el modo peculiar que tenía para memorizar –de manera particular- cada uno de nuestros nombres. ¡Se veía a sí misma tan feliz! Le gustaba verse rodeada de niños que la apreciaban (como yo), incluso, más que eso.

-¡Cuéntenos un cuento, maestra! –le decían- ¡pero que sea como Usted! –aclaraban.

-¡Cómo que como yo? –replicaba, emocionada.

-¡Sí, maestra! –con sonrisas le explicaban- ¡Que sea bonito, como Usted.!

Esa mañana -como muchas otras- se le veía rodeada de niños: ¡Parecía Blanca Nieves!, todos éramos sus enanitos. Le besábamos, le rodeábamos ¡y yo era uno de ellos!

-¡Nené! ¿Por qué te levantas tan temprano?

-Quiero irme a la escuela. –respondí.

-¡Muchacho! Todavía no es la hora…

Mi abuela, quien temprano se levantaba, me abrazaba con su saludo, me tomaba de la mano y me llevaba a la cocina, para darme el desayuno.

-¿Te gusta la escuela, mijo? –me decía.

-¡No! –agitando la cabeza.

-¡Entonces? ¿Por qué te levantas tan temprano?

-Quiero llegar a ser el primero en besar a mi maestra.

-¿La quieres mucho? –preguntaba mi abuela, justo al servirme de comer.

-Tanto como a ti… ¡Mamá!

He tratado –hasta el aburrimiento- recordar la mano de quienes me llevaron hasta ella: ¡No los veo! ¡No entiendo sus caras!, pero, de una cosa estoy seguro ¡He visto de nuevo su rostro! ¡Conozco bien sus expresiones! Está aquí, para enseñarme.

 

¡Niños, niños! -¡por favor!- guarden silencio. Sé que estas cosas suceden, pero sus clases deben continuar. ¡Ella era una suplente! Y ya está bien de salud la maestra María. Así que, si todos se calman, ella será quien les dé la clase…

-¡Maestra! –interrumpí.

-¡Diga, jovencito!

-¿Y dónde estará la maestra Karla?

-Ella era sólo una SUPLENTE y seguirá sus estudios ¡Hasta Graduarse! Como ustedes deberán hacerlo, primero… ¡Tienen que pasar todos los grados!

Los niños tenían una extraña mirada, eran ajenos a lo que la directora decía y –sólo ella- entendía.

-¡Maestra! –le dije, antes que otro.

-¡Dime joven! ¡Y termina! La clase debe comenzar.

-¡Quiero irme a mi casa! –quebrándose ya mi voz.

-¿Por qué, caballerito? –preguntó la directora, con la prepotencia que los caracteriza cuando nuestros padres están ausentes.

-¡Yo no quiero pasar todos los grados! –respondí, casi en llanto- yo no quiero esta escuela ¡Yo sólo quiero a mi maestra!.

 

 

P. S.:

¡Padre! Gracias te doy por todas las maestras que me diste. ¡Gracias por mi abuela! (más que una madre) y, también, ¡por esta última! (no sabré enseñarle “religión”).   April 10, 2007 - 03:39pm

Aunque le encuentro un parecido a uno de José Rafaél Pocaterra, éste es el mío. Tanto de acá me conecta con los míos, con la mayoría de los que ya se fueron, que me siento tan identificado con ese momento y lo quise compartir, tal como... ¿fue? June 12, 2010

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