En el reino de los mil años anunciado por los profetas, los rescatados compartirán la gloria oficial de Cristo (2 Tim 2, 12). El “Rey de reyes y Señor de señores” se mostrará en toda su grandeza. Eso será el cumplimiento del “octavo día” de la fiesta de los tabernáculos (Lev 23, 36), en la cual “estarás verdaderamente alegre” (Deut 16, 15). Pero al lado de la gloria terrenal de ese reino, la Biblia nos anticipa algo de la gloria eterna. Como se expresa en más de un cántico, esta gloria será “ver”. Notemos que cuando en los capítulos 2 y 3 de Apocalipsis se habla de “las cosas… que son”, la conclusión es “oír”. Desde el capítulo 4, en el que Juan está en el cielo, se repite constantemente la expresión “vi”.

Nuestros ojos verán, en tu faz adorable, de tu Padre, Señor, la inmensa caridad. Nos dejarás sondear el misterio insondable de tu gracia suprema en la eternidad.

La oración de Juan 17, 24 será satisfecha: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria”, su gloria personal. Pero este gozo será aún más grande para Aquel que puso “su vida en expiación por el pecado”; entonces “verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Is 53, 10-11).

De la celeste esfera centro eternal, supremo en gloria, oh Cristo, brillarás. Para los redimidos, en la casa paternal, el claror de Su faz en ti reflejarás.

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