Mientras en Villa Soldati se desataba una estampida de violencia que se llevó otra muerte, en la Casa Rosada la Presidente Cristina Fernández de Kirchner emitía su mensaje pretendidamente ecuménico y superador.
Con la exquisita fluidez expresiva que la caracteriza, la Presidente asumía ese rol jactancioso de los que parecen estar más allá del bien y del mal.
Una vez más la Presidente nos recordaba que hoy existe un gobierno anclado en fuertes valores éticos de equidad, justicia social, sensibilidad, integrismo latinoamericano, etc.
Una vez más nos señalaba que cierto modo pacífico de enfrentar los conflictos sociales es el correcto, no sólo por cuestiones principistas sino porque permite lograr mejores resultados.
En síntesis, desde esa especie de Olimpo autoconstruido donde habitarían los espíritus más sensibles y las mentes más lúcidas, la Presidente nos vuelve a decir -con su tono admonitorio de siempre- que en un lugar están los buenos e inteligentes (el gobierno), mientras que en el otro sólo hay insensibilidad y torpeza.
Otra vez la Presidente vuelve a dar a entender que “ellos tenían razón” y que los otros se obstinaron en hacer algo que estaba condenado a fracasar. Y -parecía retar- como esos otros no hicieron caso porque los anima una vocación de malos o porque son sencillamente tontos, ahora deberían arreglárselas solos.
Para coronar esa estrategia discursiva consistente en hacer política desde la superestructura ideológica, la Presidenta realizó a una jugada mayor al anunciar la creación del nuevo ministerio de seguridad.
Si se analiza fuera de contexto el discurso de ayer de la Presidente costará estar en desacuerdo sobre muchos tópicos: la necesidad de resolver los conflictos de modo pacífico, el imperativo moral de integrar en lugar de discriminar a los hermanos latinoamericanos, la importancia de la vida humana por encima de cualquier contingencia de las gestiones de gobierno, etc.
Pero, en el marco de la simultaneidad de los trágicos momentos que se vivían en Soldati, tan loables valores se transmutaban en patética retórica ficcional.
Porque en ese infierno de violencias encontradas, la muerte impiadosa se cobraba la cuarta víctima.Y la realidad inexorable mostraba que la muerte puede llegar tanto por exceso de acción represiva policial, como por ausencia de la intervención oportuna del Estado.

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