“Si tienes miedo de quien te protege, quien podrá protegerte de ese temor”. Koan Zen “Si lo que creo que veo es distinto de lo que tendría que ver, no me estaré volviendo loco”. Reflexión de un paciente al borde de ingresar en un estado de extrañamiento ante la realidad.


En el imaginario popular -en parte nutrido por la cinematografía y por la literatura- uno de los modos posibles de enloquecer a una persona radica en hacerlo dudar de aquellos aspectos de la realidad que son experimentados como evidentes.

La versión más siniestra de tal enajenación sucede cuando el victimario es una persona de máxima confianza para la víctima. En tal caso, no se trataría de sólo un mal sino de dos: no se puede creer en la irrealidad de lo evidente, pero tampoco se puede creer en la evidencia de que quien debería protegernos es justamente quien desea enloquecernos.

Más allá de la gran porción interpretativa y subjetiva que tiñe la existencia humana, lo cierto es que necesitamos la verdad de la realidad tanto como el oxigeno mismo. Y tal hambre de realidad es naturalmente extensible a nuestra realidad social y política.

Por cierto, en estos ámbitos tal generalización asuma características distintas, quizás menos dramáticas. Al fin y al cabo (y por suerte) los vínculos que los ciudadanos establecen con quienes los representan en el marco del sistema socio-político resultan nítidamente más alejados que los lazos que los ligan con sus familiares y grupos primarios.

Sin embargo, el ciudadano necesita creer. Y cuando el ciudadano descree, la sociedad se enferma. Lo cual no es sólo una metáfora.

Luego de la extensa introducción voy a al núcleo de este artículo:

No está aquí en discusión si el denominado proyecto de ley de servicios de comunicación audiovisual es o no un buen proyecto.

Tampoco se trata de analizar el carácter y grado de reales o posibles monopolios multimediales. Y, menos, si la ley impulsada por el oficialismo generará mayor o menor democracia en el universo de los medios de comunicación e información.

En cambio, sí se trata de señalar que la irrupción intempestiva de un grupo de agentes de AFIP en la sede del Grupo Clarín, acompañada del posterior deslinde de responsabilidades por parte del Director de ese organismo y rematada por la elocuente frase del Jefe de Gabinete Aníbal Fernández quien expresó que “(el operativo realizado por la AFIP en empresas del Grupo Clarín) fue una operación política para perjudicar al Gobierno”; representan un caso ejemplar de cómo un Gobierno horada la fe pública de los ciudadanos a los que debería representar.

Porque, insisto, más allá del trasfondo complejo de intereses ideológicos y económicos involucrados en el referido proyecto de ley, lo cierto es que una vez más el Gobierno pretende burlarse de la inteligencia y buena fe de lo ciudadanía, cuando pone en marcha parte del aparato estatal para hacer lo que evidentemente se hizo (enviar subrepticiamente una comitiva de agentes a inspeccionar a una empresa de multimedios), para luego negar haber tenido participación alguna y para, finalmente, instalar un manto de sospecha sobre el verdadero artífice del operativo.

Para concluir, tal como prescribiría el más elemental manual de maquiavelismo político, para engañar en serio hay que saber manejar el valor de la sutiliza. Esta vez, el burdo accionar del Gobierno puso al desnudo su carencia de dicho valor.

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