Es fundamental, pues su ausencia nos llevaría a la desesperación, y ésta acabaría con nosotros. Hay que tener ilusión en lo que el futuro nos puede deparar; las perspectivas que generan en un inicio los proyectos que acometemos nos llenan de energía, nos inyectan moral y ganas por pelear. La creencia en las posibilidades de triunfar nos arrastran por el camino del riesgo; los valientes se juegan bienes y hacienda con la optimista seguridad de mejorar su situación. Esta osadía debería verse favorecida en el trato por administraciones, entidades financieras y organismos oficiales, no sólo en la teoría, sino también en la práctica.

El ataque impositivo y administrativo que conlleva el desarrollo de cualquier idea actúa como primer obstáculo. La financiación necesaria e imprescindible para acometer los retos es un espinoso recorrido de negativas, dificultades y condiciones abusivas imposibles de asumir para cualquiera que no quiera perder todo menos la dignidad. Hay una legislación que favorece siempre al tiburón, que impide el desarrollo del pequeño emprendedor, molesto competidor ante las empresas poderosas. Y, por último, el político, encamado con el influyente inversor electoral, mantiene sus dos caras, a cada cual más ruin; la populista, que vende la idea de la iniciativa como vehículo imprescindible para escapar de la crisis, y la real, acomodada en una situación límite que presenta como necesaria su asistencia y su existencia. Mientras las cosas vayan mal, ellos irán mejor.

Es bonito tener deseos, preparar planes e, incluso, embarcarse en algunos con confianza y seguridad. Pero, por desgracia, la realidad demuestra que a día de hoy, y con los que están cortando el bacalao, es más factible estrellarse que triunfar. Todo pasaría por cambiar de patrones y de patronos.

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