Esta soledad que aletea en las entrañas aparece espontanea y amenaza que sea mas intensa cuando despierte de esta inconsciencia del verdadero dolor que me causa tu partida, cómo te recuerdo, cómo lamento esta situación que nuestra mutilada fé y pobre sobrenaturalidad no nos deja comprender.

Se que no estas muy lejos, sé que nos contemplas con la sabiduría del profesor que deja hacer a sus discipulos la tarea, sé que al faltar ojos para contemplar, boca para besar y corazón que lo celebre, acaricias con el gran amor que sientes por nosotros, el que cultivaste aquí y ahora florece trascendiendo dimensiones, tu ejemplo complementa la enseñanza de los profesores de la vida, el faro que veo en la playa y el alba esperanzadora que motiva mi viaje me proporcionan la sensibilidad por la vida y por los seres que nos rodean y tu, siempre en tu labor recio, para tus decisiones valiente y altivo, eres la espada de oro que brinda protección y acentúa el coraje en la lucha cotidiana.

Tus palabras me enseñaron que lo único que hace este vacio soportable es tenernos unos a otros, que las tormentas se apaciguan cuando nos acariciamos con el trato y que los malos tiempos le temen a la invencible barrera del amor filial, “fraternizar respetando los espacios” es tu nueva bandera, lo decias en el ocaso de tu mirada, fue cuando llegaba el frio de tu existencia y refugiandome en el calor de tu alma que entendí que aun nosotros siendo una especie interesante, una mezcla interesante capaz de tener sueños hermosos y horribles pesadillas, nos sentimos perdidos, aislados, tan solos, pero no lo estamos, pertenecemos a algo más grande que nosotros que nos aprecia únicamente por la capacidad de brindar apasionadamente lo que somos.

A la memoria de Isaías, mi hermano

Febrero 2 de 1998

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