El mundo está distraído, no deprimido. Bien lo dijo Facundo Cabral.

La televisión, las noticias nos distraen, incluso las películas, con guerra, hambre y enfermedades. Gente inocente muere, todo tiene que ver con el hambre de poder de las grandes corporaciones, ávidas de controlar las costumbres humanas, de mantener el consumismo, la alarma, etc.

Nos hacen ver países que luchan por sus territorios, incomprensible para nosotros, enfrentamientos entre culturas, terrorismo, narcotráfico, violencia, políticos y sindicatos insaciables.

La ambición por el poder es cada vez más grande, lo mismo sucede con el ciudadano común, enajenado con los mensajes de superioridad, de lujo, de dinero que lo compra toda. Ignorantes.

A ellos no les importa que tengan que hacer o tener que pasar por encima de quien sea, empezando por sus propios principios, se esfuman. El ego se multiplica, la vanidad se vuelve prioridad.

La tele continúa engañando con caras bonitas, el cine con cuerpos esculturales, ya flacos y secos. La moda nos enajena. La tecnología comienza a dominarnos, queremos que algo o alguien haga las cosas por nosotros.

Nos volvemos dependientes.

Los paisajes naturales van desapareciendo poco a poco, los desastres climatológicos son más devastadores, gente que muere para salvar vidas de los más poderosos. Otros son vendidos en partes, como un auto desvalijado, para salvar esas mismas vidas.

El jóven se distrae con música y videos, creando con eso un mundo ficticio, lejano de la realidad, al fin y al cabo que no es su responsabilidad, ni pidió venir a esta mundo.

El niño hipnotizado mientras tanto con series infantiles con altos grados de violencia, envenenados con comida chatarra, cada día con un cerebro más chico y más enfermizos. Mientras otros niños luchan por su vida, son vejados, utilizados y violados. Muchos más quedan huerfanos, mutilados, heridos y humillados por una guerra y un mundo que no comprenden ni es suyo.

El odio y el rencor son los sentimientos lacerantes que van supliendo a la fe, a la esperanza y al amor. La iglesia sólo berrea, no actúa, igual que todas las religiones, sumidas en su ambición de dinero y poder.

El Papa, mientras, desde su cómoda y lujosísima mansión, rodeado de esclavos, sirvientes, lambiscones y traidores, dice: "¡Basta de violencia!, ¿que no ven que me deprimen?".

Hagamos el amor pues.

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