A propósito del estreno de la obra, el sociólogo Manuel Antonio  Garretón indaga en la manera en que el arte aborda los problemas vitales  que no son entendibles a la luz de la política o la economía.

 

La casa de los espíritus: vida, política y teatro en Chile

La presentación de la versión teatral de La  casa de los espíritus, de Caridad Svich con la dirección de José Zayas,  permite una reflexión sobre las relaciones entre teatro y sociedad en el  último siglo. Ello se nos facilita con la excelente antología Un siglo  de dramaturgia chilena, encargada por la Comisión Bicentenario y que  incluye un estudio de María de la Luz Hurtado sobre el teatro chileno  desde 1910 hasta ahora.

Las sociedades latinoamericanas del siglo XX fueron básicamente  sociedades políticas. Es decir, la política fue su principal identidad,  sello o cemento cultural. En su terreno se constituían no sólo los  actores sociales fundamentales, sino que también encontraban sentido la  subjetividad de la gente y los proyectos individuales.

En la década del 60 esto parece cristalizar de la manera más clara. Y  el arte, sobre todo la literatura, da cuenta de ello, mostrándonos la  relación opaca y misteriosa entre las dimensiones históricas y las  biografías individuales, sin reducir unas a otras, sin que nunca una sea  simple reflejo de la otra. Un buen ejemplo es Los versos del capitán,  donde la experiencia política y el sentimiento amoroso se despliegan en  toda su fuerza propia y radical autonomía, pero también en una relación  indisoluble.

Pero la obra artística está sujeta a búsquedas estéticas nunca  reductibles  a los contextos en que se desenvuelve. Como ha sido  señalado, ética y estética han conjugado una poderosa, compleja y  multifacética relación.

Probablemente, la principal transformación de nuestras sociedades  desde el advenimiento de las democracias de los 80 o 90 sea el tránsito  de su sello de identidad cultural principal desde la política a  múltiples ejes de sentido en la forma de relacionar historia y vida  individual. Esa relación tiende a debilitarse y quizás desvanecerse.

Chile no escapa a esta característica latinoamericana. Es más: aquí  la política fue siempre más partidaria e institucionalizada. Y el teatro  chileno ha sido una de las mejores expresiones de esta compleja  relación entre arte y sociedad: entre el drama colectivo e histórico y  la subjetividad y cotidianidad.

Así, el teatro de los años 30 o 40 da cuenta de la urbanización, el  retraso agrario y el protagonismo de la clase media o de sectores  trabajadores. El de las décadas del 50 y 60, de los fenómenos de reforma  agraria, radicalización ideológica y grandes proyectos de  transformación. Y el de la época de la dictadura se entiende mejor en  función de las búsquedas de formas de creación, temáticas y de nuevos  lenguajes que se hagan cargo del horror.

Desde la reinstalación democrática, quizás desde La negra Ester, es  impresionante cómo el teatro, ahora en un gran despliegue de nuevas  escuelas, grupos, públicos y formas de expresión, a la vez indaga en una  sociedad cuyos problemas nuevos ya no son entendibles sólo a la luz de  la economía o la política y también busca nuevos lenguajes, prácticas y  estilos, sin que una tarea subordine a la otra.

La versión teatral de La casa de los espíritus se ubica en esta  línea. La obra ilumina el tratamiento de los que sus personajes llaman  la vida y la política. Más allá de lo que la crítica especializada haya  dicho o reconocido, la novela de Isabel Allende es un hito muy  importante en la comprensión creativa de esa relación. Escrita en la  doble clave de realismo mágico, para dar cuenta de vidas y personajes de  una época inmediatamente anterior al golpe, sólo capturable por la  imaginación, y de una descripción casi documental para dar cuenta de la  represión bajo la dictadura, sólo capturable por un lenguaje más  realista,  las dos novelas que hay en ella hablan de una sociedad y una  época en que sus personajes están transidos de vida y política, sin que  ambas puedan ni confundirse ni separarse.

La versión teatral enfrentaba un triple desafío. Primero, no  simplificar la complejidad de la novela, no limitarse a reproducir sus  grandes claves y generar un nuevo lenguaje que no se confundiera con los  dos de la novela.

Segundo, intentar una  lati-noamericanización de  la trama, sin dejar  de ser una obra muy nacional, de amor y sociedad, había que proyectarla  al conjunto de la región.

Por último, y como consecuencia de los anteriores, buscar un hilo  conductor distinto al de la novela, sin empobrecer sus múltiples  lecturas y significaciones. Al poner como primera escena la tortura en  una cárcel del régimen militar, el personaje que tendrá por misión  escribir la historia desde su comienzo nos dirá que todo lo que veremos,  y en realidad lo que somos, no puede entenderse sino desde ese momento  constitutivo de la vida y la política.

Metáfora de lo que somos como país y del papel indispensable de la  memoria del espanto en la construcción de un futuro más vivible.

Fuente: latercera.com

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