Estoy llegando al campo de batalla montado en mi corcel. Una leve capa de polvo se eleva lentamente ocultando el camino.

El viento trae un aroma especial, una fusión entre el lodo y la sangre de aquellos que han combatido antes que yo.

Todos vienen por lo mismo, vienen a vencer aquel despiadado ser  que nos sumerge en la peor de las agonías, todos vienen a vencer sus miedos.

Mis miedos son dos, el rechazo y el dolor a los que lleva el primero.

Salgo de la espesura de aquel bosque de cipreses y nogales y a lo lejos diviso a mi primer contrincante. Vestido con una armadura oscura que lo cubre de pies a cabeza y no deja divisar nada más que sus ojos inmersos en un rojo furia.

Se encuentra al final de la llanura y se acerca lentamente hacia mí, por mi parte desciendo del caballo y me dirijo hacia el encuentro con este ser.

Lentamente tomo mi espada con la mano derecha, la desenfundo y con el valor que me caracteriza comienzo a correr para poder tomar una posición favorable en el terreno. El cruce de las espadas crea en el ambiente un sonido ensordecedor e intenta demostrarle a este miedo que no tengo intenciones de perder esta batalla.

Nuestras miradas se cruzaron y vi el fuego en los ojos de mi adversario, sentí por medio de su fuerza la furia que había desatado al haberlo desafiado y comprendí que el miedo ya no me podía vencer y es él quien seria vencido.

Seguimos chocando con fuerza las espadas hasta que logro quebrar la que él empuñaba. Y para que no vuelva nuevamente a herirme con un certero golpe hago que su cabeza ruede en el campo de batalla.

En ese momento una luz pasajera iluminó todo el lugar, al mismo tiempo que se desvanecía con el viento el cuerpo ya inerte del dolor.

Cansado y casi sin fuerzas debía tratar de encontrar al Rechazo, el miedo que quedaba por vencer. Es cierto, tiene la gran ventaja de estar fresco para la pelea, pero yo en cambio tengo la fuerza que me da aquella princesa que llena de luz mis días.

De pronto lo veo caminando hacia mí, enfurecido con ansias de vencerme para así resucitar al Dolor y poder torturarme hasta el final de mis días. Algo inesperado sucedió en ese preciso instante. Desde el cielo una luz me atrapo y curó mis heridas cambiando al mismo tiempo mi vestuario.

Ahora con mi armadura de plata y mi espada comienzo a acercarme lentamente hacia el rechazo. Al estar a tan solo unos pasos de mi adversario desenfundo la espada y comienza el mayor duelo de mi vida. Si lograba vencer a este ser, vencería a mis dos miedos para siempre y quizás encontraría la felicidad tan añorada.

El olor nauseabundo del lugar era estremecedor y no dejaba que la lucha se llevara bien. Pisando cadáveres, pateando cráneos y diferentes armas. Todo, todo entorpecía la batalla.

Chocamos las espadas y cruzamos las miradas, pero él no tenia ojos, un vacío los llenaba. Su armadura era impenetrable, mientras que yo sufría cortes en mi cuerpo por la fuerza de sus golpes. Pense en ese momento en por qué estaba luchando, y fue cuando frente a mis ojos apareció la figura de mi amada, aquella a la cual no podía decirle lo que sentía porque el rechazo siempre estaba atormentándome.

En ese preciso instante una fuerza comenzó a controlar mis movimientos, ahora esquivaba los golpes, al mismo tiempo que lastimaba al rechazo. Tome con ambas manos mi espada y con un certero golpe corte la mano de mi oponente, para luego descender con todas mis fuerzas en un golpe que dividió al rechazo.

Era algo inexplicable, mis miedos, mis dos demonios fueron vencidos por la fuerza inexplicable de aquella doncella que me dio su luz. Una luz que encendió la oscuridad que cubría mi vida, y lentamente desapareció por completo dejando esa claridad.

Salí del campo de batalla en busca de mi amada, me interne nuevamente en aquel bosque mágico en donde mis heridas fueron curadas, y fui lentamente acercándome al castillo.

Sigilosamente comencé a subir por las escaleras de la torre en donde ella me esperaba. Toque a su puerta y me permitió entrar a su mundo. En cuanto iba a tomar su mano...

Me desperté, ya era tarde y no podía permitirme seguir en la cama. Esa noche quizás fue la más importante para mí, pues había vencido a mis miedos y te conocí.

Entonces por qué no pensar igual, si he vencido a mis miedos en un sueño.

¿Por qué no los puedo vencer en la realidad? ¿Por qué no puedo decirte lo que realmente encierro en mi interior?

No lo sé, solo sé que esta batalla no la voy a perder fácilmente y haré lo imposible para vencer a mis miedos y decirte mi verdad con solo tres palabras. Como Me Gustas

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