"Para liberarme de lo que vivo, ¡yo vivo!"

Antonio Porchia, poeta argentino.

 

 

 

Cuando el alma pareciera despertar de un prolongado trance y comienza a inquietarse, pocos remedios logran atemperar esa incipiente fogocidad y esos flamantes arrebatos que de pronto renacen. Resumo con esa frase lo que pareciera ser la vida de mi amigo Javier. Verán por qué.

 

Aquel día era otro viernes por la tarde en el centro de la Ciudad de México y Javier Palenzona regresaba a su oficina, después de haber comido unos pescaditos fritos en una pequeña fonda que se encuentra a unos cuantos metros. Javier, viudo de 73 años, caminaba con una visible y luminosa sonrisa por las calles. Era inevitable que los transeúntes dejaran de voltear de reojo y ver con un deje de extrañeza el feliz semblante de Javier. En cambio, nadie parecía fijarse en sus zapatos gastados y sin lustrar, en su viejo traje café o en su corbata roja toda maltrecha y deshilada. Precisamente, eso a Javier era ya lo que menos le importa. Ese día era el último día en que Javier trabajaba. A partir del próximo día pasaría a engrosar las filas de los jubilados del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado, el ISSSTE, la Seguridad Social de los burócratas mexicanos.

 

A cada paso que daba, Javier parecía despojarse de sólo amargas frustraciones y kilos y kilos de responsabilidades. Después de cuarenta años trabajando en un Departamento Contable del ISSSTE (él era quien tenía mayor antigüedad dentro del Departamento), Javier parecía tener grandes planes para lo que a su juicio era un fulgurante futuro. Cuando entró por última vez al edificio, y vió ese piso de mosaicos grises y negros, sólo pudo sentir alivio.

 

-"¡Buenas tardes Don Javier!", le saludó el joven policía del turno vespertino que se pone a la entrada.

 

- "¡Buenas tardes Ricardito!", le respondió cortesmente Javier con su voz suave pero firme.

 

Hace como seis meses Javier le prestó dinero a este policía -Ricardo- para que éste pudiera pagar los gastos de una operación de apendicitis a su hijo de 8 años. Por fortuna todo salió bien y ahora Ricardo estaba muy agradecido con el Contador Palenzona. Y es que a Javier nunca le ha faltado dinero y es muy cuidadoso -y hasta tacaño consigo mismo- en su administración. Desde que falleció su esposa hacía veinte años y desde que su hija Margarita se fue a vivir a Buenos Aires con su esposo argentino hace como diez, Don Javier sólo gasta para lo más indispensable y no se permite ningún lujo. Ni vacaciones, ni un corte de cabello en la peluquería que está bajo su departamento (prefiere cortárselo él solo), inclusive no va al Doctor a menos que sienta que está muriendo. "An apple a day keeps the doctor away" suele decir con un inglés que casi no se entiende, pues la verdad es que nunca aprendió a hablarlo. Sólo sabe una que otra frasecita.

 

Mientras espera el elevador ve a su alrededor y comienza a ver esos muros grises y sucios hasta con un poco de cariño y nostalgia. A Javier no le gustaba lo que hacía, pero sabía que era mejor tener ese trabajo que no tener nada. Ahí era respetado, conocía a todos y sabía lo que hacía. Y la verdad no le agradaba la idea de andar teniendo que buscar otro trabajo, y menos a su edad. Cumplía con su trabajo porque era su deber. Pudo educar a su hija en una Universidad privada y pudo darle a su esposa todo lo que quería. Eso sí, cuando su esposa Remedios falleció arrollada por un taxista, la lloró inconsolable por nueve días, y luego regreso a trabajar como sin nada. ¡Pero ah! ¡cómo la extrañaba! Remedios le preparaba su sandwichito de mortadela todas las mañanas y era la única que podía quitarle esa tinta morada con la que siempre se manchaba los puños de sus camisas blancas de tanto poner sellos de "PAGADO".

 

Al entrar a su pequeña oficina, donde sólo cabía su escritorio, su silla, un perchero y nada más, no podía dejar de sentirse satisfecho de su trabajo estos últimos cuarenta años. Al sentarse en su silla forrada de plástico y sentir su viejo y despostillado escritorio de triplay sólo cruzaba los brazos y suspiraba. Sólo tenía ya que firmar unos papeles y entregárselos al Lic. Gómez Cueto, su jefe superior inmediato, un jovencito altanero e indiferente. Mientras estaba firmando, la otra contadora, Rosarito, a quien conocía desde hacía quince años, le tocó la puerta para decirle que le tenía una sorpresa. Rosarito -gordita, morenita y pintada de rubia- lo llevo a la salita de enfrente y junto con la secretaria -Laurita- y el mensajero -Roberto, aunque le decían "El Chiles" porque además de mensajero vende dulces de tamarindo enchilado ahí en la oficina- le tenían ya una pequeña fiestecita organizada. Rosarito le llevó una charola de galletas y un refresco de toronja para siquiera despedirlo con algo. Don Javier no podía ocultar su alegría: eran las galletas de chocolate y el refresco de toronja más rico que haya probado en toda su vida. Laurita le pagó el dinero de lo de la tanda que organizaron con el Departamento Jurídico. Roberto le regaló un disco que había comprado ahí en el Eje Central; era de la Sonora Santanera. Mientras escuchaban "Amor de Cabaret" en una grabadora que tenía ahí Laurita, Rosarito fue a ver al Lic. Gómez Cueto para ver si se les unía. Después de diez minutos llegó el jovencito y tras un muy profesional abrazo de despedida a Javier y comerse una galleta le recordó que no se fuera sin entregarle los papeles firmados.

 

"¡Tenga por seguro que no!", remató Javier.

 

Una vez que recogieron las galletitas y las envolvieron en unas servilletas para que se las llevara Don Javier en su portafolios Samsonite de plástico -de esos cuadrados, el mismo que usaba desde hacía casi veinte años. Terminó de firmar los susodichos documentos y se los entregó al Lic. Gómez Cueto. Tras despedirse finalmente de todos y un seco "Que le vaya bien" por parte de su jefe, Javier había terminado cuarenta años de trabajo.

 

La mañana siguiente fue muy diferente. Javier se sentía libre. Tenía muchas cosas por hacer. Tenía en el banco los ahorros de una vida y estaba ahora sí dispuesto a pegarse la gran vida que antes no se dió. Esa tarde se compró unas empanadas argentinas y un vino tinto en un restorancito cerca de un parque que estaba a unas cuantas cuadras de su casa. Le gustaba imaginar lo que su hija estaría haciendo en ese preciso momento. Decidió llamarla por teléfono apenas llegó a su casa. Su hija se extrañó mucho de su llamada y cortante como siempre ha sido con él, le prometió que iría a verlo en Navidad. (Siempre le prometía que iría a verlo pero por alguna u otra razón siempre le cancelaba). Mientras le prometía que pronto se verían, Javier sólo sonreía y le entusiasmaba la idea que pudiera ver de nuevo a su hija. "Quizá yo me le adelante y me vaya a visitarla a Buenos Aires. ¡Con lo que me han gustado los tangos! ¡Al fin y al cabo para eso ahorré mi dinerito!" pensaba.

 

Todo el mes siguiente Javier se la pasó en grande. Se iba con sus amigos a jugar dominó (cosa que antes no le gustaba), iba al teatro con Cuquita (la vecina) y de vez en cuando se iba a un cabaret de ahí de Insurgentes a pasar la noche con una mujer interesante y platicadora. Javier se había, efectivamente, liberado de ese microcosmos que le comió la vida por tantos años. Ahora se le veía alegre y haciendo lo que le gustaba. Planeaba incluso irse a Tlacotalpan el mes entrante y ¿por qué no? ¡a Buenos Aires a ver a su hija!

 

Un día de este frenesí de placer, satisfacción y abundancia, a Javier se le ocurrió meterse a ese cabaret de Insurgentes. Ahí conoció a Olimpia, una damita de treinta de años con una faldita roja y una blusa azul turquesa con un escote amplio y obsequioso. Ahí pasaron toda la noche entre cubas y Paris de noche. Olimpia le dijo a Javier que conocía un lugar mejor. Javier no traía ya efectivo así que pasó a un cajero automático, y bajo la mirada vigilante de Olimpia, logró sacar un buen fajo de billetes. Ambos fueron al lugar que decía Olimpia y ahí estuvieron hasta bien entrada la mañana. Olimpia fue con Javier a su departamentito y después de sólo unos besitos, Javier cayó profundamente dormido entre las desgastadas sábanas rosas de su cama.

 

Cuando despertó muchas horas más tarde, se dio cuenta que no sólo no estaba Olimpia, sino que tampoco su tarjeta del banco, ni su chequera, ni su cartera. Olimpia había vaciado la cuenta con todos los ahorros de Javier. Debieron ser bastantes, pues nunca se le volvió a ver a Olimpia por esos rumbos.

 

Así, entre lágrimas y sonrisas, Javier veía el atardecer desde su ventana mientras en su grabadora se escuchaba "Amor de Cabaret", ese disco que le había regalado El Chiles. "Ya ni me digas nada Remedios, que lo hecho hecho está. ¡Este es el precio de tanta locura!" parecía decirle a su esposa mientras sus pupilas negras se perdían en el negro del anochecer.

 

Javier encontró trabajo empacando bolsas en un supermercado. ¡Sí! ¡Como cerillo! Afortunadamente con lo de su pensión podía sostenerse pero pues unas moneditas más no le caían mal y así pues se mantenía entretenido. En el fondo agradecía a Olimpia, pues gracias a ella se había liberado nuevamente, pero ahora de aquella vida maldita de locura y excesos. ¡Al fin y al cabo Javier nunca estuvo habituado a esa vida! En fin, quizá todo será diferente ahora que su hija lo visite en Navidad. Quizá.

 

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