LA ALGERE CENA

Recuerdo la forzosa encerrona, o memorable cautividad que padecieron los ilustres graduandos y contertulios, amantes de la buena mesa, que sólo hasta el domingo entrada la tarde de pertinaz llovizna paramuna, finalmente pudieron resucitar, saliendo ojerosos, amanecidos y descompuestos los glotones, sobretodo por el hambre que los acosaba, donde los exquisitos manjares consumidos horas atrás eran una anhelada evocación. Cuando los cerrajeros los liberaron al lograr forzar y romper candados y cerraduras, trozando las múltiples cadenas que sellaban apretadamente las rejas de hierro de la única y estrecha puerta de acceso y salida de la noble casona de estilo inglés, llamado así dentro de nuestro basto, variado y nada distintivo y original repertorio arquitectónico, donde se desarrollaba la acostumbrada reunión gastronómica mensual que condecoraba con la orden M.C, mantecos de la cocina, a los nuevos chefs nativos la noche anterior. Después de habernos percatado que ingresaran los últimos invitados de la cofradía a la consabida comilona, cautelosamente habíamos amarrado, como celosos sacerdotes guardianes del sarcófago, las rejas con fuertes grilletes, en represalia con Madame Calzonasos, reconocida gourmet, gerente y propietaria del Instituto para la Alta Cocina Excepcional “Le petit coin de la graisse” Dolores Machuca Rico de Ocasión, era su nombre, titulada de la normal académica de orientación y entrenamiento en multiusos, con la cual de tiempo atrás teníamos una pelea establecida. Cocinera versada, merecedora del remoquete, porque era su costumbre de orear al sol, abrasador, como medida esterilizante en su alta y visible terraza, sus frondosos, amplios y ardientes chiros íntimos de vivos y contrastantes colores que ondeaban orgullosamente libres al aire, como alegres y gloriosos banderines luminosos de feria.

La enemistad, surgida a raíz del impúdico atropello cometido contra una de sus transatlánticas bragas, tal vez la más apreciada, a juzgar por su incisiva actitud agresiva, posiblemente por los queridos e inolvidables recuerdos que en la memoria retenía de poderosos y memorables revolcones o fogosas refriegas que a horcajadas libraría y compartiría con tan amatoria prenda. Ultraje nunca perdonado, desde el día en que una fuerte ventisca vespertina de agosto, mes de las cometas, desprendió las pinzas de madera que apuntalando estratégicamente, sujetaban los enormes calzones que de inmediato impulsados por la súbita y potente ráfaga de viento surcaron el cielo, para luego descender lentamente como gigantesco paracaídas, proyectando su larga sombra en el parque que habitualmente frecuentábamos como nuestro cuartel general y en donde en ocasiones permanecíamos ociosos ojeando y analizando detenidamente las excitantes y mundanas revistas de Playboy. Al verlo caer olvidándonos de todo, corrimos de prisa y arriando entre todos, de la rama del árbol en que quedó enredada la extravagante y curtida prenda, le buscábamos un uso apropiado, no encontrándolo, como no fuera seguramente bien ajustado en las descomunales y masivas nalgas blancuzcas de la corpulenta mastodonte; vencidos y sin hallar otro lugar, lo vinimos a instalar bien apertrechado y envuelto a manera de venda en el amplio y decorado timón del camión repartidor de gaseosas y “agria”, que por horas permanecía todos los días abierto y descuidadamente estacionado con la radio sintonizada a todo pulmón en la emisora de las consabidas rancheras, en tanto el chofer y su ayudante “recochaban” en gran romance, con las ligeras y bien formadas jóvenes mellizas hijas de “misia” Gertrudis, la huesuda tendera de la esquina; romance que incluía los múltiples y consabidos pellizcos, mechoniadas, cachetadas y puntapiés, señales acostumbradas y establecidas en este tipo de cortejo amoroso. Jovencitas quienes tiempo después protagonizaron en el barrio un escándalo, al quedar una de ellas embarazada, quién lo creyera, del tarambanas hijo mayor de los Urrutia Copete, “gente por lo demás distinguidísima, caray”, y quien se alistaba por aquellos días con devoto fervor cristiano para el ingreso al seminario, aprovechando las magníficas relaciones de su tío el erudito canónigo y catedrático José María Copete Restrepo.

Hasta este estridente y bullanguero furgón de gaseosa tuvo que ir la desventurada, iracunda y dolorida Madame Machuca, para recuperar pudorosamente su ropa voladora, maldiciéndonos por la insolencia cometida, peleándose con los enamoradizos empleados del camión, quienes perplejos y visiblemente impresionados ante la anormalidad bragistica, exigían la inmediata desinfección o fumigación del volante; ¡así no se puede trabajar!, vociferaban estos diligentes sindicalizados, en tanto seguían pretendiendo a las hijas de la tendera.

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